Entre la libertad y el orden

Jorge Maldonado

Jorge Maldonado

Sala de máquinas

Este fin de semana, Francia vivió una crisis de manifestaciones que podría ser recordada por la violencia de los disturbios, los cientos de detenidos, los policías heridos y los actos de vandalismo y destrucción registrados en diversas ciudades del país.

En principio, las pretensiones parecen legítimas: estudiantes que solicitan mejores condiciones educativas, más profesores y transparencia en los procesos de admisión a las mejores universidades, entre otras exigencias. De igual forma, manifestarse para mostrar inconformidad hacia un gobernante es válido, incluso democrático. Pero viene entonces la ironía: exigir más de lo mismo, defender el modelo de aquellas políticas públicas que han contribuido a los problemas económicos y sociales que hoy enfrentan países como Francia, España o Bélgica, con deudas públicas enormes y un evidente desgaste de sus modelos de bienestar.

Y esto nos lleva a una cuestión de fondo: la tolerancia hacia discursos e ideologías de izquierda que, en distintas partes del mundo, han demostrado sus limitaciones y fracasos. Hemos visto naciones quebrarse, colapsar y ser devastadas bajo modelos que, en el discurso, resultan sumamente atractivos. ¿Quién no quisiera que todos tuviéramos lo mismo? El problema aparece cuando las promesas se enfrentan a la realidad y descubrimos que la igualdad pregonada no siempre se traduce en prosperidad, sino que puede terminar comprometiendo las finanzas públicas, debilitando las instituciones y limitando las oportunidades de una sociedad.

Así, vemos cómo se toleran discursos y conductas que, bajo distintas banderas, pretenden imponer sus propias reglas a los demás. Ocurre con quienes llegan a otros países y exigen que la sociedad se adapte a sus costumbres, en lugar de asumir la responsabilidad de integrarse y respetar las normas del lugar al que llegan. Ocurre también cuando grupos de choque, disfrazados o pretendiendo ser alumnos, desvirtúan cualquier exigencia legítima y válida mediante la violencia, el vandalismo y la destrucción.

Y quizá es aquí donde debemos preguntarnos en qué se ha convertido nuestra sociedad: en una que parece obligada a permitir cualquier agravio, cualquier disturbio y cualquier acto de violencia bajo la bandera de la libertad de expresión. Pero la libertad no puede convertirse en una justificación para destruir, agredir o imponer por la fuerza aquello que no se consigue mediante el diálogo. Mucho menos cuando, en nombre de determinados ideales, se termina dañando lo más valioso que tenemos: la posibilidad de vivir en paz y sin miedo.

Lo ocurrido este fin de semana debe servir como una advertencia de lo que podría venir en otras partes del mundo: sociedades en las que grupos intolerantes e impositivos buscan apropiarse de distintos espacios, incluso a nivel nacional, para hacer prevalecer sus ideales, sus creencias y sus exigencias a cualquier costo. Entonces, para conseguirlo hay que destruir lo que haga falta, causar el daño que sea necesario o vulnerar los derechos de los demás. Y, cuando llega la respuesta de las autoridades, la narrativa cambia: aparecen entonces las acusaciones de represión, odio y discriminación.

Por supuesto, ninguna sociedad debe renunciar a la libertad de expresión, al derecho a manifestarse ni a la diversidad de ideas. Pero tampoco puede permitir que estos derechos se utilicen como escudo para justificar la violencia y la imposición. Una cosa es disentir y otra muy distinta pretender que los demás se sometan a nuestras exigencias.

El mundo exige libertad, diversidad, aceptación y pluralidad. Pero, antes que eso, requiere orden.