Como dice el poema del chileno Julio Numhauser, posteriormente hecho canción por la argentina Mercedes Sosa:
Cambia lo superficial,
cambia también lo profundo,
cambia el modo de pensar,
cambia todo en este mundo.
En este tenor, sería natural e incluso obligatorio pensar que, en 40 años, de 1986 a hoy, deberíamos haber sido sujetos de múltiples y drásticos cambios. Así, valdría la pena repasar cómo era México en aquellos días, qué realidad vivíamos y a qué nos enfrentamos hoy.
Los cambios, aunque no siempre positivos, han sido notorios en este lapso. México hace cuatro décadas no estaba en años de bonanzas económicas, tampoco de noticias a manos llenas, felicidad a lo largo y ancho del país y desarrollo en plenitud. Para 1986, nuestro país venía de una devaluación del peso que se acercaba a 500% tras el desplome del precio del petróleo, la suspensión de los pagos de la deuda externa, la nacionalización de los bancos, niveles de inflación que llegaban a los tres dígitos, y tenía escasos meses de haber salido de una tragedia como lo fue el sismo de 1985, que implicó la pérdida de miles de vidas y, según la CEPAL, un costo entre reconstrucción y pérdida productiva de 8 mil millones de dólares.
Con todo lo antes mencionado, México recibió y organizó, por sí solo, un Mundial que marcó un antes y un después en el futbol internacional.
Cuatro décadas después, y con condiciones económicas más sólidas, sin un desastre natural tan catastrófico con esa cercanía temporal, es evidente que, hoy por hoy, quienes han estado a cargo no se han sabido organizar ni preparar para recibir un evento de semejante envergadura.
Con los ojos del mundo puestos en nuestra nación, parece que faltó tiempo para sanar heridas que han dejado huellas indelebles en nuestra sociedad. Las madres buscadoras exigiendo respuestas ante la crisis de los miles de desaparecidos, los transportistas buscando seguridad para realizar su labor, que se ha convertido en actividad de alto riesgo, los maestros aspirando a mejores salarios y a un sistema de pensiones distinto, y así, diversos grupos que se han sentido olvidados por años, buscando mejores condiciones de vida.
Es paradójico que, con 40 años de diferencia, y en condiciones que quizás podrían parecer más favorables, parezca que todo se dejó para última hora. El país que en 1986 fue capaz de sobreponerse a una crisis económica devastadora y a la tragedia de un terremoto para organizar un Mundial que marcó época, hoy enfrenta el reto de mostrar al mundo una nación capaz de atender las demandas más urgentes de su ciudadanía.
Quizás la verdadera pregunta no sea qué tanto ha cambiado México en estos años, sino cuánto de lo esencial sigue sin resolverse. Porque a veces, aunque todo cambia, lo preocupante es que algunos de los cambios más profundos siguen sin llegar.
