El fin de la participación de México en el Mundial, que tanta satisfacción nos dio y que, además, demostró que la polarización y el enfrentamiento, la falsa división entre patriotas y traidores, entre buenos y malos que nos quieren vender desde el poder desde hace ocho años, es mentirosa, no ha enseñado nada a Palacio Nacional. La búsqueda de una narrativa de enfrentamiento, interno y externo, en torno a El Mayo Zambada y a la forma en que fue detenido, hace casi exactamente dos años, está basada en una estrategia de confrontación que, inevitablemente, será costosa para el gobierno y para el país.
Ya algunas consecuencias las estamos pagando, la más notable es la negativa de Estados Unidos a prorrogar el T-MEC, pero también lo vemos en la agudización cotidiana de las denuncias contra grupos criminales, sus tramas de protección, de organizaciones y personajes que se dedican desde el tráfico de drogas hasta el contrabando de combustible, de sus beneficiarios. Y vienen jornadas más complejas aún. Por lo pronto, este viernes será la audiencia de Ovidio Guzmán en la corte de Chicago y el 20 de julio la sentencia contra El Mayo Zambada, que con su carta de ayer dejó en claro no sólo que acepta su responsabilidad en los delitos de los que se le acusa, que acepta la cadena perpetua y sólo pide estar en una prisión con atención médica adecuada.
Está colaborando, como de una u otra forma lo hacen prácticamente todos los criminales que fueron enviados a Estados Unidos en los últimos años, desde los hermanos Guzmán y sus operadores, hasta los de El Mayo, pasando por personajes notables como Vicente Carrillo o El Nini, quién sabe si Caro Quintero, y muchos otros. La cantidad de información que ya tiene Estados Unidos es enorme y la insistencia en pedir pruebas o, ahora, en que les digan cómo se llevaron a El Mayo Zambada no hace más que profundizar una grieta en la relación bilateral por la que se colará toda esa información en forma de demandas judicializadas.
El informe presentado ayer en la mañanera fue desconcertante: no hubo nada nuevo. Durante dos años, la inteligencia mexicana, en todas sus vertientes, me imagino que debe haber investigado lo sucedido aquel 25 de julio de 2024, pero seguimos pidiendo a Estados Unidos que nos diga qué sucedió y preguntándole, nada más y nada menos que al exembajador Ken Salazar, si nos mintió. La intención termina cayendo casi en el ridículo: confunde protección con colaboración, cómplices con testigos colaboradores, para concluir que el gobierno estadunidense apoya a Los Chapitos en contra de Los Mayitos y que lo hizo interviniendo ilegalmente en México con el operativo que se llevó a El Mayo. Ni una palabra de Rocha, de Cuén ni de lo sucedido ese día o de la complicidad de autoridades locales con esos hechos.
No hubo siquiera una relatoría, una la línea de tiempo. En realidad, parecen no saber nada, incluso no diferencian algo que debería llevar a analizar el tema en otros términos: la operación de la supuesta extracción de El Mayo la hizo el gobierno de Biden, no el de Trump, que mantiene una línea contra el crimen mucho más dura. Biden, literalmente, se cansó de que desde Palacio Nacional le mintieran con sus promesas de colaboración.
Sin duda, aunque no sepamos las características específicas que tuvo, la de El Mayo fue una operación encubierta. Por eso mismo, no tendremos una respuesta. Pero que el FBI lo haya ventilado ahora es un mensaje de que pueden venir muchas más y que si en dos años no hemos podido descubrir cómo se hizo lo de Zambada, una operación que tiene que haber sido complejísima, muchos más pueden correr la misma suerte, comenzando por Rocha Moya, Inzunza y los otros acusados de Sinaloa.
No deja de llamar la atención que se haya puesto énfasis en que los familiares de Ovidio y Joaquín Guzmán López, incluyendo su madre, Griselda López, se hayan refugiado en Estados Unidos. Es, obviamente, una muestra de la colaboración que han establecido con la justicia de ese país. Pero cuando eso ocurrió, el propio gobierno federal explicó que ninguno de ellos tenía orden de detención en México. Aquí mismo explicamos que eso era extraño porque Griselda manejaba las relaciones políticas del cártel con el gobierno del estado e incluso, días antes de la caída de Ovidio en Jesús María, había convocado a una comida navideña con funcionarios de Rocha Moya en el mismo rancho donde se dio el operativo. Griselda era, además, una exitosa contratista del gobierno de Rocha con una empresa de materiales de construcción.
El gobierno va hacia una ruptura con la Casa Blanca de consecuencias impredecibles, en un contexto donde se está quedando solo, incluso en el ámbito internacional, lo que prácticamente obliga a la administración Trump a endurecer la relación. Es un suicidio político. Si algún asesor le dijo a la presidenta Claudia Sheinbaum que nos parecemos a Irán, se equivoca: nos vamos a parecer mucho más a Venezuela o a Cuba.
Por cierto: la declaración de que Estados Unidos es un país que no tiene cultura y que nosotros sí “por los pueblos originarios” es inaceptable en alguien que estuvo becada varios años estudiando en Estados Unidos. De la misma forma que nuestra cultura va infinitamente más allá de los pueblos originarios, la de nuestros vecinos (que son, se les olvida siempre, nuestro principal socio comercial) es enorme, en todos los ámbitos. Es una extraña exhibición de xenofobia.
