La condena de Ismael El Mayo Zambada pone el punto final a una trama que recorre toda la historia del crimen organizado en nuestro país, y en muchos otros países, en el último medio siglo. El Mayo comenzó como un vendedor de drogas callejero, pasó a convertirse en sicario y fue escalando por la cadena alimenticia del crimen organizado hasta convertirse en el más importante narcotraficante del mundo.
Siempre fue más famoso El Chapo Guzmán, en parte por la prensa que generó el asesinato del cardenal Posadas Ocampo en 1993 (una emboscada que estaba destinada a acabar con El Chapo, entonces en guerra con los Arellano Félix) y sus dos fugas posteriores, pero durante los años de prisión de Guzmán Loera o después, mientras era perseguido por las autoridades y por Estados Unidos, el que controló la operación del cártel de Sinaloa fue El Mayo.
Lo hizo acompañado por un personaje del que se ha hablado mucho menos pero que fue (se supone que falleció por causas naturales, aunque nunca se comprobó fehacientemente), lo más parecido a un padrino que ha conocido el crimen organizado en México: Juan José El Azul Esparragoza, un personaje que fue la piedra angular de lo que conocimos como el Cártel de Sinaloa. Fue El Azul el que, después de la caída de Miguel Ángel Félix Gallardo, a inicios del sexenio de Carlos Salinas, reorganizó las redes y la división territorial del crimen organizado y el que logró la preeminencia del cártel de Sinaloa, luego de la muerte de quien era su jefe, Amado Carrillo Fuentes, en 1997.
El Azul, El Mayo y El Chapo lograron, después de la muerte –asesinato en realidad– de Amado Carrillo, primero sobrevivir, y luego conformar una organización con un mando centralizado, pero, al mismo tiempo, con muchas ramas que se movían horizontalmente (alguna vez la definimos más como un holding que como un cártel) y se deshicieron de sus rivales: la guerra y la violencia entre las bandas criminales no comenzó porque el presidente Calderón lanzó un operativo en Michoacán en diciembre de 2006, sino por la guerra que se desató abiertamente ese año entre el Cártel de Sinaloa y quienes fueron durante años sus socios, que querían un lugar en la mesa de dirección de la organización, los Beltrán Leyva y el Cártel de Juárez, a los que se unieron los Zetas.
A todos ellos los derrotó el Cártel de Sinaloa en una guerra brutal. Pero lo hicieron no sólo con base en violencia, sangre y armas: uno de los méritos, sobre todo de El Azul y de El Mayo fue haber alimentado todo tipo de relaciones políticas, de complicidades y de protección que le permitieron a El Mayo haber transitado toda su carrera criminal sin haber sido detenido, con un relativamente bajo perfil e incluso viviendo durante muchos años en su misma casa.
Cuando ayer, luego de la sentencia de El Mayo Zambada, el director de la DEA, Terry Cole, sostuvo que esa condena era “sólo el principio. Es una advertencia a todos los líderes de los cárteles, empresas criminales globales y terroristas extranjeros: si trafican drogas mortales, se benefician del sufrimiento de otros y amenazan a nuestras comunidades, la DEA vendrá por ustedes. Ya sean traficantes o funcionarios corruptos de gobierno, la DEA vendrá por ustedes”, estaba insistiendo en un capítulo que se ha vuelto central y que aquí seguimos ignorando: el cambio de paradigma que significa poner la prioridad no sólo en la detención de líderes y operadores de los cárteles, sino en el desmantelamiento de las redes de protección y complicidad con ellos.
El caso Zambada es el mejor ejemplo de la utilidad de esas redes: fueron las que lo protegieron, las que se hicieron cómplices, las que lavaron el dinero y le dieron impunidad, las que le permitieron operar con tranquilidad… y, paradójicamente, las que provocaron su caída.
Porque El Mayo, un hombre enormemente celoso de su seguridad, se presentó a la reunión con su ahijado Joaquín Guzmán López el 25 de julio del 2024 confiado en que se encontraría con el gobernador Rubén Rocha Moya (al que le había financiado parte de su campaña) y con su amigo, Héctor Melesio Cuén. De alguna forma terminó en un avión que lo llevó al aeropuerto de Santa Teresa, en Nuevo México, y dos años después terminó sentenciado a cadena perpetua en Nueva York.
Dijo su abogado, Frank Pérez –el mismo que como defensor negoció los acuerdos de colaboración del hermano y el hijo de Zambada, Jesús, y El Vicentillo–, que El Mayo no había colaborado con las autoridades más allá de reconocer su culpabilidad y aceptar la cadena perpetua, a cambio, lo aceptó el juez Brian Cogan, de estar detenido en algún lugar que le garantizara atención médica. Puede ser o no. También pidió que se acabara la violencia, como lo había expresado en la entrevista con Julio Scherer García en 2010, lo que no impidió que fuera uno de los artífices de la misma durante los 14 años posteriores o que, ahora, otro de sus hijos, Ismael Zambada Sicairos, El Mayito Flaco, sea su sucesor y esté embarcado en una violentísima lucha contra Los Chapitos, y contra las autoridades federales. El Mayito Flaco puede hacerlo porque heredó la posición, pero también las redes de protección de su padre.
La violencia es inherente a las organizaciones criminales y, para su supervivencia, operación y desarrollo necesitan de esas redes políticas de protección y complicidad.El Mayo es un ejemplo de ello, lo que se vivió este fin de semana en Zacatecas es otro.
