El ataque la semana pasada en la Escuela Secundaria General No. 13 Justo Sierra Méndez, en el ejido La Unión, en Torreón, Coahuila, donde murió la subdirectora y hubo al menos cuatro heridos, dos de ellos muy graves, fue provocado por dos jóvenes hermanos gemelos, de 18 años, los hermanos Pérez Garza.
No fue, como se especuló, un ataque por resentimiento contra la escuela o porque los agresores hubieran sufrido malos tratos, tampoco una venganza específica contra alguien. Los dos jóvenes estuvieron preparando durante semanas el ataque, lo realizaron con bombas molotov, armados con armas blancas, un hacha, diez artefactos explosivos y tres latas de veneno para ratas. El ataque no estaba destinado contra nadie en particular: ingresaron a la escuela, una institución muy modesta ubicada en el mismo ejido en el que vivían los hermanos Pérez Garza y se dirigieron hacia la zona de baños, donde se toparon primero con la subdirectora a la que mataron en forma brutal con el hacha y los machetes, y luego a los otros estudiantes. Antes de que llegaran las policías, cinco minutos después del inicio del ataque, fueron reducidos por los estudiantes. La llegada de la policía impidió que fueran linchados.
El gobierno federal reaccionó pidiendo que se regularan redes sociales y creando comités en la que los integrantes (Mario Delgado, Luisa María Alcalde, Pepe Merino) no tienen idea del tema que deben enfrentar ni están en condiciones de hacerlo. Lo verdaderamente peligroso de lo sucedido en Torreón no son las redes, es que, según información de inteligencia, puede no ser un hecho aislado.
Los hermanos Pérez Garza estaban en un chat de WhatsApp denominado Wrath, formado por 43 integrantes y administrado por alguien denominado Violet y Aitana, en el que sus integrantes deben pasar varias pruebas para integrarse y que están interesados en masacres que trascienden lo ideológico: les interesa replicar este tipo de ataques desde los asesinatos de Columbine hasta los atentados del ISIS, pasando por prácticas satanistas.
Uno de los agresores, David, había creado un perfil en TikTok (que ya fue eliminado) en el que muestra desde días antes del atentado las armas que utilizaría en el mismo, incluso la ropa que usó: varias playeras, que el día del ataque portaba superpuestas, con símbolos satanistas y rememorando otros atentados. También exhibía símbolos contra el género femenino y otra imagen con la frase “no falling in love” (no se enamoren). Horas antes del ataque intercambió mensajes por TikTok con una joven que se identificaba como Butagorda, a la que le envío parte de esas imágenes y videos en las que le adelantaba que “mañana me toca a mí y a mi hermano”. La joven ha negado tener relación alguna con David, al que llama Toby y dice que jamás le contestó sus mensajes.
Pero quedan los otros 40 integrantes de este chat con participantes de varios estados de la República, sobre todo de Nuevo León. Se supone que todos tienen que pasar pruebas para ingresar en él y que se preparan para realizar, ése es el objeto del chat Wraht, ataques similares, intercambian información sobre cómo organizarlos y sobre otros casos alrededor del mundo.
No hay ninguna tendencia ideológica o religiosa que los identifique, salvo la sociopatía que genera la decisión de ejecutar este tipo de acciones. El temor de algunas autoridades es que, si no se desmonta con rapidez esta red, este tipo de ataques podrían repetirse en otros lugares del país.
Las autoridades se equivocan queriendo utilizar este atentado terrible de unos jóvenes desequilibrados, queriendo censurar redes (o quizás ése es el objetivo). Este tipo de ataques ocurren porque existe una sociedad enferma, con lazos sociales rotos o debilitados, con individuos que no sienten pertenencia, pero tampoco, como los dos hermanos Pérez Garza, algún tipo de empatía.
Una sociedad donde, además, matar se ha vuelto muy barato, casi gratis, donde la violencia está a la orden del día y se puede ejecutar en la mayoría de los casos con casi total impunidad. No tenemos una tragedia provocada por las redes sociales, tenemos una falla sistémica en nuestra sociedad que se refleja en cifras evidentes: los 200 mil muertos con López Obrador y los 130 mil desaparecidos; en la indiferencia de las autoridades ante las víctimas como las madres buscadoras; en la ineficiencia creciente de la FGR y el sistema de justicia para procesar y castigar los delitos. Matar no cuesta nada y casi no implica castigo: eso es lo que alimenta este tipo de grupos que toman ejemplos externos, pero a los que le sobran los que pueden tomar de nuestra realidad cotidiana un día sí y otro también.
En esta misma semana, además del ataque en la secundaria de Torreón, ha habido un multihomicidio en Montemorelos, Nuevo León donde fue asesinada toda una familia. Entre septiembre de 2024 y septiembre de 2026 se han reportado más de 450 multihomicidios en México. Causa en Común ha contabilizado 3 mil 36 masacres entre enero de 2020 y marzo de 2026.
Ahora nos podemos enfrentar a un nuevo fenómeno: la decisión de matar indiscriminadamente por el sólo hecho de, alguna forma, trascender matando. En ese chat llamado Wrath, junto con los asesinos de Torreón, hay otros 40 dispuestos a hacer lo mismo.
