Disparidad transversal

Jorge Camargo

Jorge Camargo

Editorial

La disparidad en el tiempo destinado al trabajo en casa es una constante que atraviesa tanto a países desarrollados como a economías emergentes. En Estados Unidos, un análisis reciente del Pew Research Center muestra que las mujeres dedican, en promedio, dos horas con 19 minutos diarios al trabajo doméstico, mientras que los hombres destinan una hora con 34 minutos. En México, la diferencia es abismal. La evidencia confirma que el tiempo, lejos de distribuirse de manera neutral, sigue organizado por una lógica de género que les asigna una carga desproporcionada de tareas domésticas y de cuidados.

La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024, del Inegi, confirma que las mujeres dedican, en promedio, 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario, mientras los hombres destinan 18.2. La brecha es de 21.5 horas a la semana.

Así, para millones de mexicanas, casi tres jornadas laborales extra se van en tareas indispensables para que el hogar funcione, pero que siguen siendo invisibles en la conversación pública.

La paradoja es brutal. Ese trabajo sostiene la vida cotidiana, permite que otras personas estudien, trabajen, se trasladen y descansen, pero rara vez se reconoce como riqueza. No aparece en un recibo de nómina ni suele traducirse en independencia económica, ahorro para el retiro o mayor prestigio social. Sin embargo, cuando el Inegi calcula su valor, se debe tomar nota de que, en 2024, el trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados equivalió a 23.9% del PIB. Es decir, una porción gigantesca de la economía mexicana descansa sobre actividades que, en los hechos, siguen recayendo, sobre todo, en las mujeres.

El dato duro revela algo más hondo: no estamos frente a una suma de decisiones privadas, sino ante una estructura cultural. Todavía en muchos hogares mexicanos persiste la idea de que ayudar en casa es un gesto masculino admirable, mientras que encargarse de la casa es una obligación femenina. El lenguaje lo delata. Muchos hombres “apoyan”; muchas mujeres “se hacen cargo”. La diferencia semántica es también política.

Los resultados de la ENUT muestran, además, que la desigualdad no golpea igual a todas. La brecha es más amplia entre mujeres hablantes de lenguas originarias y entre quienes viven en localidades pequeñas. Ahí, el tiempo femenino vale menos para el mercado y más para la sobrevivencia de otros. Es la desigualdad dentro de la desigualdad.

Por eso, reducir esta discusión a una guerra de sexos sería un error. El problema no es que las mujeres administren mejor su tiempo ni que los hombres sean incapaces de cuidar. El problema es que el país ha normalizado que unas carguen con lo urgente y lo repetitivo para que otros lleguen más lejos. Mientras esa lógica siga intacta, hablar de igualdad en el trabajo, en el salario o en la política será hablar a medias.

La pregunta es qué tipo de sociedad queremos ser. Una democrática de verdad tendría que repartir mejor no sólo el ingreso y las oportunidades, sino también el cansancio. Porque el tiempo, antes que dinero, es vida. Y en México, todavía hoy, la vida de muchas mujeres se sigue yendo en tareas que todos necesitan, pero que pocos miran.

Esa misma lógica de desvalorización del tiempo y de la vida de las mujeres se expresa de manera todavía más dolorosa en la tragedia de las madres buscadoras.

En un país devastado por la desaparición de personas, han sido ellas, no el Estado, quienes han salido a buscar a sus hijos con palas, varillas, libretas y una fuerza moral que debería avergonzar a toda la clase política. Mientras los gobiernos de una izquierda amorfa se envuelven en el discurso de la justicia social, en los hechos, han despreciado, ignorado y, en no pocos casos, revictimizado a estas mujeres.

Si el país quiere hablar en serio de igualdad, de justicia y de dignidad, tendrá que empezar por reconocer que la carga impuesta a las mujeres no termina en el hogar: también se extiende a la búsqueda de los ausentes en medio de la indiferencia oficial.

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