Prevenir antes que reparar

Jesús Sesma Suárez

Jesús Sesma Suárez

Avenida México

Durante décadas, una parte considerable de la política ambiental ha partido de la lógica de actuar cuando el daño ya está hecho: sancionar cuando el bosque ya fue talado, sanear cuando el río ya está contaminado, intentar recuperar una especie cuando su población está al límite y comenzar a preocuparse por el agua cuando la escasez ya toca la puerta. Si bien, en su momento esa visión fue útil, frente a la dimensión de los desafíos actuales resulta cada vez más insuficiente.

Por ello vale la pena detener la atención en una idea que hace apenas unos días volvió a colocarse en la agenda nacional: prevenir antes que reparar.

La semana pasada, durante una conferencia matutina de la presidenta Claudia Sheinbaum, la secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Alicia Bárcena, presentó los principios de una nueva legislación ambiental en la que trabaja el gobierno de México. La iniciativa busca actualizar el marco que durante décadas ha regido la política ambiental del país y fortalecer las capacidades del Estado para prevenir el deterioro, conservar la biodiversidad, restaurar los ecosistemas y aprovechar de manera sustentable nuestros recursos naturales. La Presidenta firmó entonces la propuesta para enviarla al Congreso y el pasado 1 de septiembre, apenas iniciado el periodo legislativo, fue presentada formalmente ante la Cámara de Diputados.

Más allá de la discusión legislativa que habrá de comenzar, hay un principio que merece convertirse en el centro de una nueva visión ambiental para México: el enfoque de prevención que, aunque pudiera parecer una obviedad, no lo es. 

Durante demasiado tiempo hemos aceptado que proteger el medio ambiente significa, principalmente, reparar los daños. El problema es que la naturaleza no siempre permite segundas oportunidades. Un bosque puede reforestarse, pero recuperar un ecosistema requiere décadas; un río puede sanearse, pero descontaminarlo es mucho más costoso que evitar su contaminación; y una población animal puede intentar recuperarse, pero una especie extinta no regresa.

En tal sentido, es importante que el éxito de una política ambiental no se mida únicamente por el número de inspecciones realizadas, multas aplicadas o responsables sancionados, pues tendría que medirse sobre todo por los daños que logra evitar.

Habitamos uno de los países con mayor riqueza natural del planeta, lo cual representa un privilegio, pero sobre todo, una responsabilidad. Conservar nuestro patrimonio natural exige leyes modernas, instituciones fuertes y sanciones a la medida el daño cuando sea necesario, pero también requiere modificar esa cultura que durante años ha esperado a que aparezca el daño para comenzar a actuar.

Prevenir muchas veces es menos visible que reparar, porque sus resultados se reflejan precisamente en aquello que logramos evitar. Prevenir la contaminación de un río o conservar un bosque antes de que sea afectado quizá no siempre tenga la misma visibilidad que las acciones de restauración, pero sus beneficios pueden ser mucho mayores en varios aspectos y más duraderos.

Por ello resulta relevante la iniciativa que hoy se pone sobre la mesa, pues la oportunidad está en que la nueva legislación represente un cambio de enfoque en el cual, más que reaccionar ante el daño ambiental, se establezca un marco normativo para anticiparlo, reducirlo y, cuando sea posible, impedirlo. Si ese principio logra materializarse, México puede dar un paso importante hacia una política ambiental que comience a proteger antes de perder o tener que reparar.

Finalmente, a propósito del Segundo Informe de Gobierno presentado este martes, hago este paréntesis para reconocer a la presidenta Claudia Sheinbaum y los avances que su administración ha logrado en distintos ámbitos del desarrollo nacional. Los resultados y retos de un país siempre merecen análisis, pero también reconocimiento cuando existe rumbo y trabajo. Enhorabuena, Presidenta.