La gestión de residuos es uno de los indicadores más claros de la capacidad de una ciudad para organizarse, pues no se trata únicamente de recoger bolsas, barrer calles o mantener despejadas las avenidas principales, se trata de saber qué consume una sociedad, cuánto desperdicia, cómo separa, qué recicla y qué costos ambientales decide postergar.
En la Ciudad de México se generan alrededor de 12 mil 454 toneladas de residuos sólidos todos los días, es decir, cada jornada se produce una montaña de desechos que debe ser recolectada, transportada, separada, aprovechada o enviada a disposición final. A escala nacional, el reto es todavía mayor: México genera cerca de 140 mil toneladas diarias de residuos sólidos urbanos. Estas cifras nos obligan a dejar de hablar de la basura como un problema menor de civismo o limpieza, para empezar a entenderla como un desafío ambiental, económico y de salud pública.
El problema es que durante años hemos medido el éxito de las políticas de limpia con criterios un tanto superficiales. Una calle barrida, una plaza despejada después de un evento masivo o una esquina sin bolsas acumuladas (tal como lo hemos visto en esta temporada de celebraciones mundialistas en Paseo de la Reforma), pueden dar sensación de orden, pero no necesariamente representa una buena gestión. La basura no desaparece cuando sale de nuestra vista, pues, tras ser levantada, inicia su verdadero proceso.
Mañana se conmemora el Día Internacional Libre de Bolsas de Plástico, una fecha para reflexionar sobre cómo los objetos tan cotidianos y pequeños pueden ser generadores de una crisis mucho más grande. La bolsa plástica de un solo uso es práctica, barata y, aparentemente, inofensiva; se usa durante minutos y después se desecha sin mayor reflexión. Ése es un ejemplo claro de cómo buena parte de nuestra vida cotidiana está construida sobre productos diseñados para durar poco, pero cuyo impacto puede extenderse durante décadas.
La discusión, sin embargo, no debe quedarse sólo en el objeto, sino en la necesidad de avanzar en el modelo de nuestra ciudad para separar, reciclar y reducir. Al mismo tiempo, es preciso apelar a la responsabilidad individual y empresarial, así como a la capacidad institucional, pues no es solamente la forma en que la basura se gestiona, sino la forma en que se genera: numerosos productos siguen llegando al consumidor con empaques innecesarios, envolturas dobles, plásticos difíciles de reciclar o materiales que terminan mezclados con residuos orgánicos.
Asimismo, es preciso terminar con la desigualdad en la gestión de la basura. Para nadie es novedad que hay territorios más cuidados que otros. Es necesario fortalecer las tareas de recolección y limpia en esas zonas donde los tiraderos clandestinos, las acumulaciones a cielo abierto, las coladeras tapadas y los malos olores forman parte del paisaje urbano. Es momento de que nuestra ciudad retome el diálogo sobre el modelo completo de consumo y disposición de residuos. Reducir el uso de objetos como bolsas de un solo uso ayuda, pero no basta; separar residuos ayuda, pero no basta; reciclar ayuda, pero tampoco basta si seguimos produciendo basura a una velocidad mayor que nuestra capacidad para gestionarla.
La solución empieza antes de tirar: producir menos, empacar menos, desperdiciar menos y obligar a los grandes generadores a asumir su parte. Nuestro país y su ciudad capital no necesitan únicamente más camiones ni más trabajadores de limpia, necesitan una política de residuos que deje de pensar en la basura como algo que se esconde y empiece a tratarla como uno de los grandes retos ambientales de nuestro tiempo. Una ciudad verdaderamente limpia no es la que barre mejor, sino la que genera menos, separa mejor y deja de cargarle al futuro lo que hoy puede y debe resolver.
