La estupidez del absoluto
En los días finales de enero de este año se llevaron a cabo los debates más intensos acerca de lo que debería contener la Constitución Política de la Ciudad de México.
En la antigua casona de Xicoténcatl, anterior sede del Senado de la República, se escuchaban con fuerza y con pasión las discusiones derivadas de las propuestas.
No se navegaba por aguas tranquilas ni con la calma de la complacencia. Lo que prevalecía era el ánimo de la confrontación política, de la discrepancia, y es que los temas que se discutían eran los de mayor importancia; los que concentraban la atención de los diputados constituyentes.
Se discutían artículos relacionados con los derechos humanos y, de manera particular, el artículo 6, que dejaba establecido que la capital de la República Mexicana sería, constitucionalmente, una ciudad de libertades y derechos.
También, se discutirían en la plenaria temas como: el derecho a la muerte digna, a decidir sobre tu propio cuerpo, a la identidad y seguridad jurídica; los derechos de las familias, los sexuales y reproductivos, el derecho a defender los derechos humanos y la libertad de creencias, entre muchos otros.
La mañana de uno de esos días, un miércoles, me encaminaba hacia la entrada principal de la sede y, al dar vuelta a una calle, vi a cientos o quizá miles de personas gritando consignas y algunas interpelando a diputados constituyentes, quienes también se dirigían al salón de sesiones.
La multitud combatía el derecho a la libertad de las personas a decidir sobre su cuerpo, se oponían a la interrupción legal del embarazo y a la libertad de elegir una muerte digna.
“¡Sí a la vida, no a la muerte!”, gritaban. Como si en una Constitución se pudiera garantizar la primera e impedir la segunda.
“¡Cárcel a las abortistas!”, decía un cartel que portaba una mujer joven. “¡Sólo hombre y mujer pueden formar familia!”, era la leyenda de otra pancarta que se sostenía en la estatua de Sebastián Lerdo de Tejada, que se encuentra a unos metros del edificio que fuese sede del Senado.
La manifestación crecía en asistentes y en sonoridad. Me acerqué a la valla que cubría la entrada al recinto y en ese instante se me acercó un grupo de seis o siete personas. Sin gritar, sin ningún signo de rabia en sus caras, me dijeron:
-¡Opóngase al aborto! ¡No aliente la muerte!
Acto seguido, una mujer me entregó una pequeña figura de barro, simulaba ser un feto.
-¡No se haga cómplice de asesinato!, ¡sólo Dios da la vida y sólo Dios sabe el momento de quitarla! —concluyó.
Yo, desde luego que recibí la figura y escuché, atento, sus palabras. Me dieron las gracias por escucharlos y se retiraron a seguir exponiendo sus convicciones. Agradecí y me retiré.
Expongo esta experiencia en razón de que aun en los temas en donde no hay posibilidad alguna de conciliación, como pueden ser los religiosos o políticos, debe existir elemental respeto para escucharnos y atendernos.
Esto es importante porque podemos observar que, conforme se complica la situación política y económica del país, se disminuye la capacidad de diálogo, se polarizan las opiniones y, entre algunos grupos, se llega al grado del fanatismo.
Cuando esto cubre a la mayoría de las sociedades, no hay manera de dar marcha atrás y los países caen en espirales de violencia y agresión, de las cuales sólo se puede salir habiendo pagado terribles costos.
¿Qué trasmitió Trump al mundo cuando se negó a saludar de mano a la primera ministra de Alemania? No sólo ausencia total de formas diplomáticas, que son esenciales en la política, sino, más grave aún, mostró insolencia, agresividad e intolerancia.
¿Sólo se puede dialogar y sólo es posible escuchar a aquellos con quienes coincidimos en todo? Ello sería absurdo y conduciría, tarde que temprano, a la soledad, a la automarginación, que es el sitio físico y social en el que se encuentran los grupos, movimientos y partidos dogmáticos, cerrados, refractarios a lo nuevo y a lo diferente.
Éste es el riesgo principal que enfrenta el país ante las próximas elecciones presidenciales en 2018. Que la contienda se polarice entre dos fuerzas y que cada una pretenda ejercer el poder desde una sola concepción de la vida, con una sola y exclusiva visión moral.
Desde una ideología, un evangelio inmutable y desde la arrogancia o estupidez de un pensamiento político que se asume absoluto.
Ante este riesgo, presentemos la alternativa de la diversidad, de la pluralidad. Levantemos la fuerza que se construye desde la libertad, desde la civilidad de la discrepancia, desde el respeto a la diferencia, desde la democracia ciudadanizada.
Twitter: @jesusortegam
