¿Trump sin límites?
Esta semana Donald Trump asumió por segunda vez la presidencia de Estados Unidos de América. Hay mucho que destacar de sus primeros discursos uno redactado previamente, otro improvisado, muy en su estilo laberíntico e incoherente, pero carismático. El presidente del ...
Esta semana Donald Trump asumió por segunda vez la presidencia de Estados Unidos de América. Hay mucho que destacar de sus primeros discursos —uno redactado previamente, otro improvisado, muy en su estilo laberíntico e incoherente, pero carismático—. El presidente del país más rico y poderoso del mundo, y quien además ha crecido rodeado de lujos y excentricidades, dijo que: “Ya no permitiremos que se aprovechen de nosotros”. Prometió que Estados Unidos volvería a ser “la nación más grande, poderosa y más respetada del mundo”.
Repitió que le robaron su triunfo en 2020 —una mentira falaz, pero una especie de mito fundacional entre sus cuadros más leales—. El electorado de Estados Unidos —otrora potencia, ahora se nos presenta como un país víctima de la globalización y de numerosas conspiraciones— eligió a otra víctima para recuperar la gloria del imperio en declive: él es el elegido para la salvación.
Esta retórica es demasiado familiar para quienes conocen las experiencias latinoamericanas y europeas con la demagogia y el populismo. Demasiado familiar para quienes sabemos cómo suelen terminar tales narrativas de hombres fuertes, pero llenos de misericordia.
En primera fila estaban algunas de las personas más ricas del planeta: Musk, Bezos, Zuckerberg y Pichai, entre otros. Detrás se encontraba su gabinete y aún más atrás se encontraban legisladores y gobernadores. A Samantha Rose Hill, la escena del lunes 20 de enero le recordó una cita de Hannah Arendt en su libro Los orígenes del totalitarismo: “Los empresarios se convirtieron en políticos y fueron aclamados como estadistas, mientras que a los estadistas sólo se les tomaba en serio si hablaban el lenguaje de los empresarios exitosos”.
A Curtis Yarvin, una especie de ideólogo del nuevo trumpismo, entrevistado recientemente por el New York Times, le parece que el experimento de la democracia liberal ha fracasado, y que lo que Estados Unidos necesita es un nuevo liderazgo tecnocrático. No un dictador ni un monarca, sino algo más amable: un C.E.O. “Si Apple gobernara California, no habría tantos problemas”, reflexiona Yarvin. ¿Quién necesita teoría política si tenemos TikTok?
Esta retórica es peligrosa y no está libre de consecuencias. En primer lugar, se normalizan conductas discrecionales y arbitrarias, y se desvanecen los límites constitucionales al poder del Ejecutivo. ¿Quién necesita el estorbo de la Constitución, el debido proceso, y el imperio de la ley cuando se tienen tantos votos?, podrían decir los analistas acomodaticios de aquel país. Quizá por eso se alinean rápidamente los dueños de los medios y las redes sociales: no vaya a ser que se enfade el nuevo líder todopoderoso.
El segundo gobierno de Trump es un peligro para las instituciones democráticas de los Estados Unidos y más allá. Está por verse cuánto resistirán este nuevo embate. Queda, al menos, el consuelo de que Trump no podrá cambiar la Constitución norteamericana. Tiene mayorías en ambas Cámaras, sí, pero no mayorías calificadas. Tiene, sin embargo, suficientes ministros en la Corte Suprema para reinterpretar la Constitución a su gusto.
En uno de tantos decretos firmados en su primer día en el poder, Trump quiere evitar que cualquier persona nacida en suelo norteamericano tenga derecho a la ciudadanía por nacimiento (ius soli). Es una medida inconstitucional por donde se le vea y que ineludiblemente llegará a la Corte Suprema: ¿se atreverán a reinterpretar la 14ª enmienda constitucional? 22 estados ya impugnaron este decreto: “Trump es sólo presidente, no un rey”.
Vale la pena recordar que, al concluir la guerra civil, la 14ª enmienda se aprobó para ampliar las libertades y derechos de las personas que antes estuvieron esclavizadas. Nada más. Aun así, el nuevo presidente cree que puede cambiar la Constitución con un decreto.
Trump ganó la presidencia con 49.8% de los votos, una ventaja de 1.5% sobre Kamala Harris. Su mayoría legislativa es de apenas un puñado de legisladores: ganó 52 de 100 senadores y 220 de 435 representantes en el Congreso. Y sin embargo, habla de un triunfo arrollador y no tiene reparo en ignorar al resto del electorado. ¿Les suena familiar?
