Es justo decir que desde hace varios años existen fuertes tendencias autoritarias y de erosión democrática en el mundo, mismas que he comentado en este espacio. Sin embargo, también debe reconocerse que han existido casos de recuperación democrática. Ejemplos recientes son los casos de Brasil, Polonia, Bolivia y, apenas, el domingo pasado, Hungría.
Revisemos algunos de estos casos. Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, en Brasil, existía una seria preocupación sobre retroceso democrático. Sin embargo, Luis Inácio Lula da Silva fue capaz de derrotarlo en 2022. Bolsonaro no reconoció su derrota y ha sido inhabilitado por los tribunales brasileños: no podrá buscar la presidencia nuevamente.
En Hungría, tras 16 años en el poder, Viktor Orbán fue derrotado por Péter Magyar con 54% vs. 38% de votos en las elecciones del domingo pasado. El partido ganador, Tisza (“honor y libertad”), tendrá una mayoría calificada en la Asamblea Nacional. Esta sobrerrepresentación proviene de su sistema electoral mixto.
Orbán utilizó por años un sólido aparato de propaganda gubernamental para venderse como el auténtico defensor del pueblo húngaro, pero sólo era un cleptócrata más aliado del gobierno de Vladimir Putin. La corrupción e incompetencia de su régimen superó su capacidad de controlar información y fragmentar a la oposición, generando una reacción coordinada en su contra. El nuevo primer ministro, Péter Magyar, de 45 años, es el líder del joven partido Tisza. Por muchos años colaboró con el gobierno de Orbán y su partido Fidesz. En 2024, Magyar denunció la corrupción del gobierno y se separó de su cargo. Ese mismo año llegó al Parlamento Europeo y ahora encabezará el nuevo gobierno de Hungría.
Durante su mandato, Orbán implementó su propia versión de “plan C”: redujo el parlamento de 386 a 199 curules, y cargó la Corte Constitucional a su favor al ampliarla de 11 a 15 asientos. Entre 2011 y 2024, reformó el sistema electoral. Redujo el número de curules de la Asamblea de 386 a 199: 106 de mayoría relativa, más 93 de representación proporcional. Su reforma electoral aumentó el sesgo mayoritario del sistema electoral. Además, rediseñó la distritación electoral en favor de su partido.
En Bolivia, Evo Morales mantuvo el poder entre 2006 y 2019 reeligiéndose a contrapelo de la Constitución, pero con el respaldo de un Poder Judicial elegido mediante voto popular. En 2019, Evo fue removido mediante un golpe de estado, pero su partido ganó las elecciones de 2021 y fue derrotado en 2025.
En México hay quienes dicen que no hay esperanza alguna. El argumento pesimista es como sigue: el partido en el gobierno ha purgado y capturado al Poder Judicial, incluyendo al TEPJF. Ya no importa tanto lo que diga la ley: sin contrapesos y un Poder Judicial autónomo e independiente, no puede decirse que seamos una democracia constitucional. Otro argumento análogo, que no excluye al anterior, es que la elección judicial ha lastimado la credibilidad de la arena electoral de manera irremediable: el INE organizó una elección fraudulenta y el Tribunal la dio por válida.
Los problemas vienen cuando se considera que la noción misma de qué es o no una democracia está en disputa o cambia. Además, la delimitación entre diferentes tipos regímenes que pueden considerarse como democracia consolidada, democracia electoral, un régimen híbrido o, un autoritarismo electoral también cambian con el tiempo.
Por último, incluso si existiera un consenso general en torno a cierta definición de democracia o cierto tipo de régimen, existe un problema empírico: ¿cómo se miden los diferentes aspectos de una democracia? ¿La alternancia es un indicador suficiente de democracia? ¿Cómo distinguir entre una elección reñida, una elección abultada y/o una elección libre y auténtica? ¿Bastan los resultados electorales para evaluar la calidad de una democracia? Ineludiblemente, un resultado electoral debe ser evaluado junto con la calidad de los procesos electorales. ¿Está decidido ya el resultado electoral de 2027 y 2030?
