De un tiempo a esta parte, la democracia y los sistemas políticos de América Latina parecen estar en crisis. Poco después de la crisis pandémica de covid-19, ha habido una oleada de elecciones con resultados en contra de los partidos gobernantes (anti-incumbencia, por así decirlo), que en no pocos casos ha estado acompañada de procesos de deterioro o retroceso democrático en la región —un fenómeno de escala mundial que he comentado en varias ocasiones ya en este mismo espacio—. En las elecciones presidenciales más recientes de Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Honduras, ha habido alternancia en el poder y esta ha sido hacia la derecha. En octubre próximo sabremos si ocurrirá lo mismo en Brasil, cuando Lula da Silva enfrente a Flavio Bolsonaro.
Para muchos analistas y expertos en política comparada, la erosión o retroceso democrático es el principal problema de la región, mientras que a otros les preocupa una especie de estancamiento: democracias de baja calidad que producen gobiernos de la misma calidad. Para otros, el populismo, ya sea de derecha o de izquierda, es una preocupación mayor, o bien la creciente gobernanza criminal o la prevalencia de la corrupción. De un tiempo a esta parte hay quienes temen un “giro a la derecha”, mientras que otros están más preocupados por la erosión de la calidad de las democracias en general y la concentración de los poderes ejecutivos, independientemente del signo ideológico o la volatilidad partidista subyacente.
Sin embargo, de manera natural, una oleada de votos en contra de los partidos gobernantes también suele producir alternancia en el poder, un resultado que por lo general se considera como saludable para las democracias. Chile puede ser un ejemplo de este fenómeno. Entre 2006 y 2026, ningún presidente chileno ha logrado la reelección consecutiva. Michelle Bachelet y Sebastián Piñera ganaron la presidencia en dos ocasiones, pero tuvieron que alternar el poder. En otros casos se ha observado alternancia en el partido en el poder, pero sin que medien elecciones directas, sino porque el presidente electo ni siquiera logró concluir su mandato —tal y como ha ocurrido en Perú en los últimos años—. En Perú ha habido una serie de elecciones sumamente reñidas, en las que los perdedores reconocen sus derrotas, pero los ganadores no concluyen sus mandatos.
Es decir que tenemos un aparente enigma: si ha habido una oleada de alternancias en América Latina, ¿qué tanto se justifica la preocupación por la erosión de la democracia en la región? Es posible que la propia historia de la región nos ayude a desenmarañar este fenómeno. Baste recordar que, a inicios de este siglo, en América Latina se hablaba de un “giro a la izquierda”, una oleada electoral que algunos llamaron marea rosa y que se tradujo en la llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y el primer mandato de Lula Da Silva en Brasil, entre otros.
En tres de estos cuatro casos, la democracia constitucional entró en seria crisis o desapareció. Quizá México fue la excepción de aquella oleada, puesto que López Obrador perdió su primera contienda presidencial. Sin embargo, ahora que se habla de un giro a la derecha en la región, Morena repitió en el poder en 2024. Como hemos discutido aquí mismo, la reforma judicial mexicana se parece mucho a la boliviana y los resultados han estado a la vista en el último año.
¿Acaso el electorado de América Latina ha girado de súbito a la derecha? Según los resultados de la más reciente encuesta Barómetro de las Américas/LAPOP 2026, sí ha habido un cambio, pero éste ha sido más bien moderado. La serie de encuestas de LAPOP indica que la proporción de personas que se autoidentifican con la ideología de derecha en cada país fluctúa entre 31 y 34 por ciento. Entre 2023 y 2026, el promedio de la región pasó de 31 a 36 por ciento. Es posible que este cambio entre el electorado haya contribuido a la oleada más reciente. Sin embargo, también es posible que el desencanto con los resultados de los gobiernos de izquierda que les precedieron haya tenido algo que ver. Cada oleada refleja un voto de castigo.
