Hoy se despiden del INE los consejeros Dania Ravel, Jaime Rivera y Claudia Zavala, definidos para ese encargo en 2017, cuando el consenso era aún una necesidad en la integración del árbitro electoral.
Fueron públicas y están registradas las aportaciones que los tres realizaron para garantizar el piso parejo que la disputa de la voluntad popular reclama, si aspiramos a vivir en una república democrática.
Los argumentos que Ravel, Rivera y Zavala sustentaron durante el arbitraje de los procesos electorales de 2018, 2021 y 2024 muestran la fortaleza de su formación jurídica.
Nadie puede regatearles a los consejeros salientes el rigor y la disciplina que los caracterizó en la fiscalización de campañas, atención de quejas y denuncias entre los actores políticos y la verificación de votaciones libres y en condiciones de equidad.
Pero, además de la capacidad técnica e intelectual en el cumplimiento de sus responsabilidades, Dania Ravel, Jaime Rivera y Claudia Zavala actuaron con valentía y dignidad frente a las presiones del poder.
Y es que, a diferencia del tiempo en que la construcción del consenso en el trabajo colegiado fue una cualidad del INE, a los funcionarios salientes les tocó aprender a lidiar con las pulsiones autócratas que esperan árbitros de ornamento.
El cambio se dio paulatinamente en los últimos siete años, a partir de que el gobierno de López Obrador y su partido buscaron limitar la autonomía del Instituto Nacional Electoral.
La ruta hacia el sometimiento del INE se fue consiguiendo con recortes presupuestales y la defenestración de los consejeros y funcionarios que no se someten a la interpretación que Morena quiere de las reglas del juego electoral.
Es importante reconocer que aun cuando el encargo de su antecesor fue destruir al instituto, convirtiéndolo en un organizador de elecciones anexo al gobierno como lo pretendía Pablo Gómez cuando se cocinaba la fallida primera reforma electoral, la presidenta Claudia Sheinbaum declaró que su independencia y la autonomía se preservarían.
Y, efectivamente, ninguna de las propuestas de la mandataria incluyó cambios para eliminar esas características, indispensables para que el INE sea un árbitro de a deveras.
Avanzó, eso sí, la asfixia presupuestal, obligando a los consejeros a organizar la revocación de mandato de 2021 y los comicios judiciales de 2025 sin contar con los recursos suficientes.
Y bajo el pretexto de que obstaculizaron el ejercicio de la revocación, Morena impulsó, por conducto del diputado Sergio Gutiérrez Luna, una investigación en el Órgano Interno de Control en contra de Ravel, Rivera y Zavala.
Como bien lo señalaron en la despedida del 26 de marzo, se trata de una venganza política que busca inhibir la independencia de los consejeros, al esbozar el supuesto merecimiento de un castigo a quienes la ejercieron.
Es tan ominoso el mensaje de Morena que, aun teniendo la manera de cancelar esa persecución, los consejeros que este sábado concluyen su periodo de nueve años, se van con ese expediente abierto.
Si bien sus compañeros Martín Faz, Carla Humphrey y Arturo Castillo defendieron la autonomía ejercida por los salientes, y Uuc-kib Espadas afirmó que “la represión autoritaria debe cesar ya”, el alineamiento de la presidenta Guadalupe Taddei con un sector del gobierno y su partido ha dejado huella, empezando por su desprecio hacia el trabajo colegiado.
Y es que la consejera presidenta fue designada en junio de 2023 en una Cámara de Diputados en la que Morena y aliados prescindieron del consenso, recurriendo a la insaculación de los finalistas mediante una tómbola.
De ese relevo surgieron también Arturo Castillo, Rita Bell López y Jorge Montaño. Y si bien en la mayoría de las ocasiones López y Montaño son afines al oficialismo, junto con Norma de la Cruz, el 24 de marzo Rita Bell López firmó la carta en la que siete de los 11 consejeros aclararon que el documento entregado por Guadalupe Taddei al Senado sobre el Plan B no era producto de una deliberación colegiada.
El verticalismo autoritario de la consejera presidenta podría acentuarse si en el relevo de las tres vacantes del INE, ahora en marcha en la Cámara de Diputados, se impone otra vez la tómbola del agandalle morenista.
Queda la posibilidad de que en Palacio Nacional se apueste por la selección de los mejores perfiles y que en torno a ellos se construya la mayoría calificada, prescindiendo de la siempre sospechosa insaculación.
En los próximos días sabremos si la presidenta Sheinbaum opta por un arbitraje que le dé credibilidad a la disputa del balón en la cancha electoral, o prefiere uno que sólo le marque las faltas a la oposición.
La instrucción del Tribunal Electoral a los diputados para que dejen pasar a los aspirantes que fueron candidatos a la elección judicial podría llevar dedicatoria y con ésta el entierro del último contrapeso que, a pesar y por encima de Taddei, todavía nos queda.
PD: buen camino para los dignos consejeros que se van.
