El PRI de EPN y la rebelión de chocolate
Al realizarse este sábado una XXII Asamblea Nacional del PRI de mero trámite, la lección para participantes y observadores quedará contundente: Enrique Peña tiene todo bajo control en su partido. Afectos al presidencialismo y a la línea que los cohesiona, los priistas ...

Ivonne Melgar
Retrovisor
Al realizarse este sábado una XXII Asamblea Nacional del PRI de mero trámite, la lección para participantes y observadores quedará contundente: Enrique Peña tiene todo bajo control en su partido.
Afectos al presidencialismo y a la línea que los cohesiona, los priistas olvidarán poco a poco el mal momento que muchos experimentaron este miércoles 9 de agosto. Y es que ese día, en Campeche, en la mesa destinada a revisar los estatutos, sin resistencias se aprobó la eliminación de los candados que impedían postular a un candidato presidencial externo.
En pasillos y mensajeros telefónicos hubo enojo entre aquéllos que, a pesar de su oficio político, creyeron que ese tema sería intocable porque el predictamen no incluía cambios. Podrá decirse que les mintieron, los fintaron o que les ocultaron información. Lo cierto es que liderazgos de primer nivel aseguraban que los candados sobrevivirían, cerrándole el paso a uno de los presidenciables del círculo peñista, el secretario de Hacienda, José Antonio Meade. Sin embargo, la operación diseñada por el dirigente del PRI, Enrique Ochoa, por instrucciones del presidente Peña estaba en marcha.
Porque a la hora de la verdad, la propuesta anticandados formulada por el exdiputado José Ramón Martel —secundada por una quincena de defensores— se aprobó por mayoría.
Antes se cuidó quiénes serían los delegados de la mesa campechana y se cabildeó con ellos la importancia del voto flojito y cooperando. De modo que el rechazo que ese miércoles protagonizó el exgobernador Ulises Ruiz fue de menos a menos.
Ya para el jueves, la docilidad se expandía: nadie elevó la voz en contra y en serio, en ninguna de las mesas preparatorias a la Asamblea, en Campeche, Guadalajara, Mazatlán, Toluca y Saltillo.
Como en los mejores tiempos de Carlos Salinas, hace 25 años, los priistas se cuadraron y comenzaron a transitar hacia el discurso de la conformidad y la justificación del fin de los candados.
Se trató de una lección ruda, rudísima, para quienes todavía el lunes 7 y martes 8 de agosto daban por cierto que, para 2018, sólo los priistas con 10 años de militancia podrían aspirar a la candidatura presidencial.
La discreción y la discrecionalidad marcaron este capítulo del PRI de Peña, quien demostró su capacidad para revivir una cultura que muchos dieron por muerta: la de la instrucción partidista desde Los Pinos, la disciplina y el “sí señor, sí señor”.
¿Rebelión en la granja? ¿Sublevación priista? ¡En absoluto! Sólo protestas de chocolate. Y es comprensible cuando el reparto de las miles de candidaturas que habrá en 2018 depende de la voluntad presidencial.
Por eso, la realidad desmintió los pronósticos catastrofistas de que ésta XXII Asamblea se le iba a descomponer a Peña porque, se dijo, es un Presidente debilitado por su baja popularidad.
Es cierto que muchos priistas están molestos y se sienten lastimados y así lo hacen saber en voz baja. También es inocultable que si las encuestas fueran un examen, Peña Nieto reprobaría.
Pero el talento del Presidente para ejercer el control en su partido —como lo hace Andrés Manuel López Obrador en Morena— es una característica innegable que augura una sucesión a su modo.
Así que esta vez fue decisión presidencial incluir en el juego sucesorio al secretario Meade y darle al titular de la SEP, Aurelio Nuño, la ventaja de participar en la mesa de Visión de futuro, en Guadalajara, este jueves. Otro que tuvo la oportunidad de lucirse en esa sede como prospecto presidencial fue el secretario de Turismo, Enrique de la Madrid, quien al igual que Meade y Nuño han logrado mostrar resultados en lo que va de 2017. Mientras el titular de Hacienda parece haber sorteado la mala racha del gasolinazo que él propició a inicios del año, el secretario Nuño hace de la selfie con maestras su práctica cotidiana en demostración de que la Reforma Educativa camina.
Y el hijo del expresidente De la Madrid muestra que el éxito turístico es posible en el México de la inseguridad.
Sería, sin embargo, un error pretender que el dilema de la sucesión está centrado en los consentidos de Los Pinos.
Si algo queda claro con esta Asamblea es que Peña busca ampliar sus márgenes de acción en una lista de precandidatos que, en lo correspondiente al respaldo partidista, parecía reducirse a los nombres de Miguel Osorio y José Narro.
Pero obviamente que los secretarios de Gobernación y de Salud seguirán en una competencia que, y ése es el mensaje de esta semana, se modulará bajo los cálculos del presidente Peña.
Ya en Los Pinos se habla de los criterios que irán marcando la designación del candidato del PRI: posibilidad de ganar, capacidad de gobernar y lealtad. La propuesta de una consulta abierta a la militancia suena tan imposible como la muerte del dedazo o la rebelión de las bases.
El presidente Peña tiene el control del PRI y ésa será su ventaja competitiva frente a una pulverizada oposición que aún lo minimiza y que hoy debería comenzar a preocuparse.