Siempre influencer, nunca exfluencer

Imagen de la Mujer

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Por Laura Coronado Contreras*

Durante la era de Instagram, la estética lo era todo. En los últimos 15 años, cada publicación tenía que estar sumamente curada: poses perfectas, viajes alucinantes, tips de maquillaje y frases inspiradoras. Pero con la llegada de la inteligencia artificial (IA) combinada con el hartazgo por la perfección, hay quienes incluso declaran que “internet ha muerto”. ¿Falta de autenticidad? ¿Lo feo es el nuevo lujo? 

Ahora hablamos cada vez más de los exfluencers: creadores de contenido, especialmente mujeres, que, cansadas de un juego algorítmico agresivo y del escrutinio de miles de espectadores, han buscado romper con el establishment digital. Han renunciado a campañas, postean menos o, literalmente, se “bajan” de esa influencia. En un principio, vimos a actrices como Emma Stone o Selena Gomez dando la pauta. Sin embargo, ¿es tan malo estar en redes?

El Get ready with me es quizás el punto más emblemático: niñas menores de edad compartiendo rutinas de belleza con productos “que les cambiaron la vida”. Es publicidad nada encubierta. Cientos de miles de perfiles que ofrecen lo mismo, cuentas que sólo siguen tendencias. Las redes siempre nos han dado a entender que estamos “viendo a nuestros amigos”, pero todas sabemos que en realidad no es así. Detrás de ellas, pueden existir recomendaciones reales, pero también una “economía de los creadores” que quieren productos o servicios gratis o vivir de su imagen. El efecto obviamente después de la novedad, es el hartazgo. ¿Qué valor nos aportan muchos perfiles? ¿Siguen subiendo lo mismo por lo que empezamos a seguirlos?

Al principio, nos sentimos acompañadas. Teníamos a alguien enseñándonos a recrear un estilo de Pinterest con lo que ya habitaba en nuestro clóset. Pero el encanto se rompió. La saturación transformó esa comunidad en un escaparate de propaganda descarada. Regresamos a los viejos vicios de la publicidad tradicional: cánones inalcanzables y consumismo ansioso. Lo que nació orgánico terminó siendo una versión hiperestilizada de la misma presión de siempre.

Sin embargo, no es la muerte de las redes, es la muerte de la pose. El legado de los exfluencers es recordarnos que el internet social nació para crear tribus, no para acumular clientes. Si ahora la IA puede generar esa perfección en segundos, la perfección humana ha perdido su valor de mercado. Cuando “lo lindo” se vuelve un commodity, lo imperfecto y lo real se vuelven un lujo.

¿Es la solución abandonar las redes? La huida rara vez es una respuesta inteligente. Ser influencer no es el enemigo; es una responsabilidad que se desvirtuó. Existe un abismo entre ser un “cartel publicitario humano” y ser una voz que guía. El problema no es influir, es fingir. Las exfluencers nos demostraron que complacer al algoritmo es una carrera hacia el vacío.

Las pymes, motor de nuestra economía, no pueden darse el lujo de la falsedad. La tendencia actual es ver a la dueña de la panadería o a la diseñadora explicando su proceso. No venden un estilo inalcanzable: muestran su trabajo y esfuerzo. Eso genera una empatía que ningún filtro puede imitar. Estamos pasando de una “economía de la atención” a una “economía de la confianza”. Aquí, la moneda de cambio no son los likes, sino la credibilidad, que sólo se construye con coherencia y verdad. 

Por ello, la influencer real no es la que tiene más ojos mirándola, sino la que tiene más oídos escuchándola de verdad.

*Catedrática de la Facultad de Estudios Globales  de la Universidad Anáhuac México

X: @soylaucoronado