Hace unos días, la presencia de maestros y maestras de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) provocó una inocultable irritación en muchos capitalinos por el bloqueo de las más importantes avenidas de la Ciudad de México. Embotellamientos interminables, desviaciones inesperadas y otros hechos exacerban a los conductores de vehículos, a los ciudadanos que esperan un taxi o un autobús y todos los que simplemente no pueden llegar a su centro de trabajo, a un lugar de diversión o al hogar donde espera la familia.
Sí, es desesperante, y la dirigencia de la CNTE debe repensar sus tácticas para no perder apoyo social, pero no puede esperarse resignación de un gremio que ha sido vilipendiado desde hace varias décadas, cuando la educación de todos fue perdiendo importancia para los gobiernos y decidieron concentrarse en preparar los cuadros que necesita la economía y dejar en segundo término al resto.
Pruebas de ese declive en la educación es el alto porcentaje de jóvenes que no entiende lo que lee ni posee capacidades aceptables en matemáticas. La mayoría de los niños y no pocos jóvenes jamás tocan el teclado de una computadora y, si hiciera falta, a lo anterior hay que agregar las escuelas sin agua, con pésimos sanitarios o sin ellos, así como la mala nutrición de los escolapios, la pobreza y otros factores, destacadamente el desastre al que llevó Marx Arriaga los libros de texto. Por todo eso, es entendible que la OCDE coloque a México debajo del promedio internacional en varios aspectos.
Evidencia de esa actitud despectiva hacia las mayorías fue el auge de la educación superior privada, que hoy representa de 11 a 12% del total, cuando en la segunda mitad de los años sesenta el porcentaje andaba por 3.5 por ciento. El declive de la educación pública tuvo avisos que no se atendieron oportunamente, como el movimiento encabezado por Othón Salazar a fines de los años cincuenta y las huelgas universitarias de los años sesenta, destacadamente el movimiento estudiantil de 1968.
La respuesta de Díaz Ordaz y sucesores a esas manifestaciones fue ignorarlas o reprimirlas, pero el deterioro siguió y en 1979 surgió la Coordinadora magisterial, pues los mentores estaban hartos del cinismo de los líderes del SNTE, priistas enriquecidos y premiados con cargos públicos por su sumisión ante el poder, lo que no ha cambiado, pues la charrería del SNTE, antes priista, es ahora aliada de Morena, recibe premios que deben ser una vergüenza para los que vienen de largas y duras luchas por la democracia, como lo exhibe el hecho de que Morena haya hecho senador plurinominal a Alfonso Cepeda, líder charro del SNTE, mientras la mayoría de los profesores está lejos de ganar lo suficiente para una vida digna, para capacitarse y actualizar sus conocimientos, lo cual redunda en una baja de la calidad educativa. La rebeldía de la CNTE no es mera ocurrencia ni chantaje de sus dirigentes. Es el grito de un gremio despreciado por autoridades que carecen de una real y eficaz política educativa.
Contrastan las enormes e inocultables necesidades del sector educativo y de sus profesionales con las pensiones faraónicas que reciben quienes han participado de las corruptelas de Pemex y otros espacios, como ocurre ahora con 48 funcionarios del INE que ganan más que la Presidenta de la República.
Hay una falta de política laboral, no se refiere únicamente a las relaciones con el magisterio. Desde febrero, la empresa llantera Tornel está en huelga. Los trabajadores exigen el cumplimiento de lo dispuesto en el contrato colectivo, el pago de los aumentos convenidos para el año pasado, jornada de 40 horas y otras prestaciones, pero la respuesta de la empresa fue mandar la semana pasada a sus pistoleros, que atacaron a balazos a los obreros con saldo de cuatro heridos, sin que eso preocupe a las autoridades. Esa misma actitud es la usual ante las huelgas mineras que tienen más de diez años y las de pequeñas empresas para las cuales no hay intervención oficial ni interés.
La negativa presidencial a negociar con los mentores es parte del panorama laboral. Lo que se requiere es una buena política y decisión para aplicarla. De otro modo, nada detendrá la rebeldía.
