Sueño y tragedia

Héctor Linares

Héctor Linares

Tacita de café

Mel Stottlemyre, coach de pitcheo de los Yankees, analizaba al pitcher japonés Hideki Irabu: “Cuando está en su mejor momento puede ser el mejor lanzador que haya visto en mi vida, pero cuando está mal, también puede ser el peor”.

Esa extraña diferencia que mostraba el japonés en la loma también la tenía en su vida privada. 

Fue el primer japonés en un equipo ganador de la Serie Mundial, en la de 1998, y de los 50 mil dólares que recibió como bono, entregó una parte a su traductor para ayudarlo a pagar sus estudios universitarios. Pero también era capaz de lanzar pelotazos a los reporteros.

Hideki Irabu marcaba diferencia en su país. La altura de 1.90 metros y sus casi 100 kilos lo hacían destacar sobre el resto. 

El padre del lanzador fue un soldado estadunidense, quien por algún tiempo estuvo en una base militar en Japón, pero no sabía nada más de él.

Luego de triunfar en el beisbol de su país en donde le llamaban El Nolan Ryan japonés, su deseo era jugar en Estados Unidos para conocer a su padre.

Yankees firmó al diestro por cuatro años y más de 12 millones de dólares. Su debut fue espectacular, con más de 50 mil aficionados que abarrotaron el Yankee Stadium para el juego ante Detroit. Hideki Irabu se llevó la victoria y ponchó a nueve rivales.

El japonés resultó un enigma en los tres años de estancia en Yankees. Fue nombrado pitcher del mes en dos ocasiones, pero también salía entre abucheos.

El dueño de los Yankees, George Steinbrenner, lo llamó “sapo gordo” y sus compañeros se cansaron de sus actitudes.

Hideki Irabu, a quien le gustaba fumar cigarrillos entre entradas de los juegos, era conocido por su afición a la bebida y sus reacciones explosivas.

Llegó a acudir con un monje budista para que le ayudara a sanar una lesión en la espalda. Fue su consejero, al que consultó hasta en 35 ocasiones en un día. 

Yankees lo cambió a Expos de Montreal y su aventura en Grandes Ligas acabó con Rangers.

Luego de otra etapa en Japón, decidió residir en una zona exclusiva en California.

Hideki Irabu mantuvo la inestabilidad, su esposa se marchó junto con sus hijas y sus amistades se evaporaron.

En su país, se sentía como un extraño y en Estados Unidos era un extranjero que no cumplió a las expectativas. “Era como si siempre jugara de visitante”, recordaba un amigo cercano.

Hideki Irabu, quien tomaba antidepresivos, fue encontrado muerto en su hogar en 2011. Habían pasado justo 14 años de que había llegado como una luminaria a la Gran Manzana y terminó devorado por un infierno que nunca logró superar