Protestas en el IMSS: por qué Sheinbaum decidió recorrer los hospitales en persona

Gustavo Rivera

Gustavo Rivera

Cinco elementos

El martes 13 de octubre, miles de trabajadores del IMSS marcharon del Centro Médico Siglo XXI a las oficinas del instituto en Reforma. Llevaban batas, pancartas y una consigna dirigida a su propio dirigente sindical: “Fuera Olivos”. Al día siguiente, en la consulta de su propio sindicato, rechazaron el aumento que su dirigencia había pactado. Ese episodio explica la semana mejor que cualquier titular.

Conviene separar las dos capas del conflicto. La primera es estructural. El IMSS reconoce un surtimiento promedio de recetas de 94%, lo que deja a seis de cada cien derechohabientes sin su medicamento completo. En las marchas se habló de jeringas, alcohol y pañales que faltan, de turnos de 12 horas con 20 pacientes y de personal contratado en la pandemia que sigue sin plaza. Nada de eso nació esta semana.

La segunda capa es coyuntural y sindical. El Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social, con casi medio millón de afiliados, aprobó en septiembre un aumento global de 6.8%: 2.9% al salario tabular y el resto a una prestación de vivienda. La base exigía 10% y, de paso, la cabeza de Rafael Olivos, el dirigente que firmó el acuerdo. En la consulta del 14 de octubre votó el 59% y ganó el no. La dirigencia perdió frente a sus agremiados.

Sidney Tarrow explicó hace tres décadas que las protestas estallan cuando se abre una ventana de oportunidad política y el agravio suele ser viejo. La revisión salarial abrió esa ventana. Por ella se colaron, juntos, el enojo contra la dirigencia, el desabasto, las plazas pendientes y la exigencia de 7% del PIB para salud. Una negociación de contrato se convirtió en un referéndum sobre el sistema.

La primera reacción de la presidenta Claudia Sheinbaum fue poner el conflicto en su carril: dijo que el salario lo tenía que ver Zoé Robledo con el sindicato, que el desabasto venía de proveedores y de la distribución interna, y que “los de siempre” se habían subido a la protesta para hacerla “muy, muy grande”. Es una lectura correcta e insuficiente, y ella misma lo entendió rápido. El 9 de octubre anunció una gira de casi tres meses por hospitales de 24 estados; el 12 pidió atender “las demandas legítimas”; el 15, tras el no de los trabajadores, ordenó reabrir la negociación “en el marco de lo posible”; el 16 habló de un programa integral con mejor salario y regularización de plazas. Hidalgo, Estado de México, Quintana Roo y Yucatán ya fueron atendidos personalmente por ella.

Eso es lo que distingue a esta Presidenta: dimensiona el riesgo y va. El único antecedente es López Obrador, que en 2019 recorrió 80 hospitales rurales para fundar el IMSS-Bienestar; ningún presidente del PRI ni del PAN hizo algo parecido, y nadie lo hizo con el sector en protesta y con visitas sin aviso. Una movilización de personal de salud, a un año de la elección intermedia, puede convertir el desabasto en el tema nacional. Sheinbaum decidió desactivarlo con la herramienta más cara, su propio tiempo, y con la más barata, escuchar. “Voy, voy, no dejo hasta que no se resuelva un problema”, dijo en Chetumal. La gira la saca de la estrategia y la mete en la coyuntura, sí. También confirma el valor con el que gobierna: hacerse responsable de lo que no funciona.

La parte incómoda tiene tres caras. La gira recorre hospitales del IMSS-Bienestar, que atiende a quien carece de seguridad social, mientras la protesta viene del IMSS ordinario; habrá que ver si el oído alcanza a los dos. El 6% de recetas incompletas que admite Robledo duplica el 3% que el Gobierno presentó en marzo. Y la exigencia de 7% del PIB choca con un presupuesto que prometió no crear impuestos. Escuchar es el primer paso. El segundo cuesta dinero.

Los trabajadores dijeron que marcharán cada 15 días. La Presidenta respondió con un calendario de visitas a hospitales hasta diciembre. Entre una agenda y otra se va a decidir si el sistema de salud llega a 2027 como logro o como pendiente.