El nuevo macartismo toca a México

Gustavo Rivera

Gustavo Rivera

Cinco Elementos

Este mes Washington volvió a ponerle nombre a su enemigo. En el Monte Rushmore, Donald Trump lo dijo sin matices: “Puedes ser comunista o puedes ser patriota; no puedes ser ambos”. Días después, Marco Rubio reunió en Washington a 66 países para enfrentar lo que llamó “el terrorismo de extrema izquierda”. No es retórica suelta, sino una arquitectura. Y a México le concierne más de lo que parece.

Conviene empezar por la desproporción. Trump calificó al comunismo como “la mayor amenaza desde la Primera y la Segunda Guerra, Pearl Harbor o el 11 de septiembre”; Rubio y Stephen Miller hablaron de una “amenaza mortal”. Sin embargo, los estudios registran muy pocos incidentes de violencia de extrema izquierda en Estados Unidos, muy por debajo de la de extrema derecha. Esa brecha entre la amenaza proclamada y la evidencia tiene un nombre: pánico moral, el miedo inflado que describió Stanley Cohen. Y nombrar a un enemigo para afirmar la identidad propia es, desde Carl Schmitt, la definición misma de lo político.

La función inmediata es doméstica. Con un socialismo democrático al alza y elecciones intermedias a la vista, “comunista” se vuelve el descalificador universal del rival. Es el mecanismo del macartismo de los años 50, cuando la disidencia se volvió traición y la lealtad, un examen. Hofstadter lo llamó “el estilo paranoico”: la política que inventa un enemigo interno que lo explica todo. Cuando Trump afirma que el Partido Comunista se compone de “ilegales, criminales y gente que no quiere trabajar”, funde en una sola figura al migrante, al delincuente y al izquierdista.

Pero el discurso ya dejó de ser palabra: se está volviendo maquinaria. Una orden ejecutiva designó a “Antifa” como organización terrorista; la estrategia de contraterrorismo de mayo incluyó a los “extremistas violentos de izquierda” entre sus tres categorías principales; y la cumbre de Rubio propuso mapear la amenaza, compartir inteligencia, perseguir finanzas y —la herramienta clave— restringir visas a quien la apoye. La ideología se convierte en categoría de seguridad, y la seguridad, en un arma de frontera.

Para América Latina esta melodía es conocida y ominosa. Durante la Guerra Fría, la Doctrina de Seguridad Nacional convirtió “comunista” en la etiqueta que justificó golpes, desapariciones y el Plan Cóndor; en 1954, un gobierno reformista en Guatemala fue derrocado por “comunista”. Convocar a gobiernos de derecha recién electos para edificar una “arquitectura de contraterrorismo” contra la izquierda no es un ejercicio técnico: revive la lógica que hacía de cualquier demanda social una subversión por neutralizar.

Aquí toca a México de lleno. Al país lo gobierna una fuerza de izquierda que se asume como tal. Un discurso que iguala izquierda con terrorismo coloca, por construcción, a la familia política del gobierno mexicano bajo sospecha. Y le entrega un gatillo ideológico al arma que ya conocemos: la visa. Ayer el pretexto eran los cárteles; mañana podría ser la cercanía con una idea. La amalgama —narco, migrante, comunista— está diseñada para que todo quepa en un mismo expediente.

La respuesta de Claudia Sheinbaum fue congruente y serena. México fue invitado y declinó asistir, ni siquiera como observador, con un argumento preciso: la cumbre era “más política que de seguridad”, y “lo político no debe mezclarse con la seguridad”. Es la línea correcta: se niega a ser alistado y defiende la frontera entre cooperar y comulgar. Pero la ausencia es una postura, no todavía una estrategia. La respuesta completa exige quitarle oxígeno al pretexto: instituciones y resultados propios, para que ningún consulado sustituya a la ley mexicana, y una doctrina que separe siempre el delito de la idea.

Porque ahí está la verdadera línea divisoria. Quien acepta que una idea pueda ser un delito ya perdió el argumento, y buena parte del siglo que nos lo enseñó. Washington está eligiendo a su enemigo rumbo a las urnas. La tarea de México no es alistarse como su ayudante ni volverse, por reflejo, su trofeo. La historia ya nos mostró cómo termina confundir una ideología con una amenaza. No hace falta repetir la clase: cooperación sin subordinación, trato de iguales y soberanía nacional