Cuando la verdad sacude y no pide permiso

Definitivamente, la cámara no es un arma para disparar estupideces sin consecuencias.

Gustavo A Infante

Gustavo A Infante

Última palabra

Este sábado, a las ocho de la noche, por Imagen Televisión, transmitiremos El minuto que cambió mi destino, sin censura. No es cualquier programa ni una emisión más en la parrilla televisiva. Es un espacio que lleva nueve años incomodando, preguntando lo que otros no preguntan y poniendo sobre la mesa historias que muchos preferirían esconder bajo la alfombra. Nueve años al aire como programa estelar, único en su tipo en la televisión mexicana: especializado en entrevistas artísticas profundas, humanas, crudas y sin concesiones.

No lo digo yo por soberbia. Lo dicen los hechos. Por este programa obtuve el Premio Nacional de Periodismo gracias a una entrevista histórica con doña Silvia Pinal. Una charla que marcó época y dejó constancia de lo que debe ser el periodismo de espectáculos cuando se ejerce con rigor, respeto y carácter.

Este sábado, créanmelo, no será la excepción. Será una de esas entrevistas que no se olvidan. De ésas que no sólo estrujan sentimientos, sino que también cimbran conciencias y mueven el piso.

MARCO FLORES: UNA VIDA ENTRE EL INFIERNO, EL ERROR Y LA VERDAD

El protagonista es Marco Flores, cantante de banda y exdiputado federal. Un hombre cuya vida no cabe en una sola etiqueta ni en un juicio simplón. Lo que escucharán este sábado es una historia brutalmente honesta.

Marco fue indocumentado en Estados Unidos y terminó detenido por la migra. Vivió el miedo, la persecución y la humillación de quien busca sobrevivir del otro lado. Pero eso no es lo peor. Fue secuestrado durante un mes. Treinta días de terror absoluto. Treinta días en los que el dolor fue tan intenso que, en un momento límite, le pidió a sus secuestradores que lo mataran para acabar con el sufrimiento.

Eso no es espectáculo. Eso es tragedia.

Y como si no fuera suficiente, Marco acepta públicamente que le cantó a capos del narcotráfico. No se esconde. No se victimiza. No se lava las manos. Asume las consecuencias de sus actos con una frialdad que eriza la piel. En un país donde muchos callan, él habla. Y hablar, en México, cuesta caro.

Pero hay una confesión que me dejó helado: de todo lo que ha vivido, de todo lo que ha hecho, de todo lo que ha perdido, lo único de lo que se arrepiente profundamente es de haber sido diputado federal. Así lo dice. Sin rodeos. Sin cálculo político. Sin maquillaje. Un retrato demoledor del sistema y de quienes lo habitan.

Este sábado, a las ocho de la noche, por Imagen Televisión, veremos a un hombre desnudo de alma. Y eso incomoda. Mucho.

ALBERTO DEL RÍO VS. ALFREDO ADAME: CUANDO EL RIDÍCULO SE VUELVE COSTUMBRE

Después de su paso por La Casa de los Famosos, Alberto Del Río, El Patrón, no se quedó a vivir del aplauso fácil ni de la fama reciclada. Ha seguido trabajando, luchando y reconstruyendo su camino. Ya está de regreso en su casa de San Antonio, Texas, y en una entrevista que me concedió para mi canal de YouTube, Gustavo Adolfo Infante TV, fue tan directo como incómodo.

Sobre Alfredo Adame no tuvo piedad. Lo llamó viejito senil que dice puras tonterías. ¿Fuerte? Sí. ¿Exagerado? Tal vez. ¿Mentira? Difícilmente.

Del Río fue más allá: dijo que Adame se atreve a decir cualquier cantidad de estupideces porque no tiene nada que perder. Ni pareja ni familia ni amigos ni trabajo. Nada. Y cuando alguien vive así, sin vínculos ni responsabilidades, se vuelve peligrosamente imprudente.

Y aquí coincido con El Patrón. El micrófono no es un juguete. La cámara no es un arma para disparar estupideces sin consecuencias. El problema no es envejecer; el problema es hacer del escándalo un modo de vida y del insulto una estrategia de supervivencia mediática. Eso no es valentía, es decadencia.

BRENDA BEZARES Y EL LINCHAMIENTO DIGITAL: LA CRUELDAD CON DISFRAZ DE OPINIÓN

El caso de Brenda Bezares merece una reflexión seria. Su aparición en Apostarías por mí, un reality show de parejas completamente desmaquillador, la convirtió en blanco de burlas, ataques y memes despiadados. Las redes sociales no tuvieron piedad. La destrozaron.

Y aquí lo digo con todas sus letras: el público ha sido brutalmente injusto. Y, paradójicamente, muchas de las críticas más feroces han venido de mujeres. En una época donde se exige empatía y sororidad, se practica el apedreamiento digital con una facilidad escalofriante.

Ahora bien, tampoco hay que ser ingenuos. Una figura pública debe cuidar su imagen. Siempre. La exposición tiene un precio y los realities no perdonan. Pero una cosa es la crítica y otra muy distinta es la violencia disfrazada de opinión. Nadie merece ser reducido a meme, nadie merece ser humillado públicamente hasta el cansancio.

Las redes sociales se han convertido en tribunales sin jueces, sin ética y sin humanidad. Y eso habla más de quienes atacan que de quienes están frente a la cámara.

VERDADES INCÓMODAS EN TIEMPOS DE MEMORIA CORTA

Vivimos tiempos donde decir la verdad incomoda, pero callarla es peor. Donde el espectáculo se confunde con el circo y la crítica con la crueldad. Por eso este sábado, El minuto que cambió mi destino sin censura, no es una invitación: es una advertencia. Aquí no se viene a quedar bien. Se viene a decir la verdad. Nos vemos a las ocho de la noche por Imagen Televisión, un canal donde las historias no se editan para agradar y donde la realidad, aunque duela, se enfrenta de frente.