Por Matías Romero, ya basta. Los señores embajadores y demás personal del servicio exterior están dispuestos a ser atropellados de manera ilimitada sin siquiera chistar. Siendo así, si a ellos no los afrenta, a mí sí, y no dejaré pasar este ridículo episodio guardando silencio. No les ha importado que no les paguen en tiempo, ni completo, tampoco que los hagan quedar en ridículo con proveedores y contrapartes contractuales en las legaciones. Es bien sabido en el exterior que los han convertido en una especie de mendigos de la representación internacional. Lo que pasa en nuestras embajadas es de pena y, por lo visto, están dispuestos a callar y, una vez más, agachar la cabeza.
Pues nada, un personaje que hace apenas unos años era vocero de la cancillería, tras una rápida repasada en una Dirección General, sí, apenas unos meses, accede por un año a una subsecretaría y, de ahí, con gran desparpajo, lo proponen como cabeza de la diplomacia nacional. Así es, en tan sólo unos años supera a cualquier personaje que se haya desempeñado en décadas en el servicio exterior. En ese tiempo, además de conseguirle una visita al cacique a la Casa Blanca, no se logró nada efectivamente relevante que, remotamente, justifique el impresentable nombramiento. Claramente, su paso por el partido naranja o por instancias burocráticas en el gobierno capitalino no justifican el exceso.
Y sí, cuando presentó la inusitada y errática política de nuestro país en América del Norte, no faltó que otro aparecido, Héctor Vasconcelos, le expresara reconocimiento desde su cómodo sillón en el Senado, donde presidió un comité sin ser personal de carrera. Sí, nadie lo puede negar, el senador tuvo una vida más que fifí. Su única aportación fue agregar un nombre de estampita más a la larga lista de personajes que hicieron posible crear una ficticia liga de la 4T con nuestro pasado histórico.
Nadie puede negar que se la pasó muy bien Vasconcelos, con cargo a una fortuna que le llevó a estudiar fuera del país durante muchos años, una que le permitió dedicarse a escribir sobre exóticos temas que son de una banalidad tal, que no se puede sino admitirse que está lejos, muy lejos de la realidad nacional. Ninguna comunidad civilizada basa sus nombramientos en preferencias sexuales, género o edad; la capacidad, el prestigio y la experiencia no se fundan en ellos ni son obstáculo para tenerles.
En realidad, resultan irrelevantes las orientaciones que tengan Velasco, Ebrard o Ana Guevara, no se trata de cuotas ni de seguir embaucando al electorado con espejitos populacheros, ni tampoco ellas anulan los méritos de quienes han dedicado una vida a la diplomacia nacional. Ese tipo de dato no suma ni resta, eso pertenece a la vida privada de cada uno, y no al currículo.
Ya pasan factura los irresponsables nombramientos hechos en el Banco de México. De la Fuente, sano o enfermo, habría hecho lo mismo que hizo en la ONU, nada. No es lo mismo administrar una universidad que atender la agenda internacional. Más que la salud, el temor reverencial hizo lo suyo. La evidente cercanía del propuesto canciller con Ebrard, lejos de anticipar un buen desarrollo de la negociación en la revisión del legajo residual que quedó tras el descarrilamiento del T-MEC, deja claro que la diplomacia nacional ha decidido tirarse a la lona desde el primer asalto.
Mientras que el vecino ha integrado un dream team en materia jurídica, comercial y política, México se ha puesto en modo experimental. Que nadie se llame a sorpresa con los resultados, pero lo sorprendente es la ilimitada mansedumbre que hoy es nota característica de quienes integran el servicio exterior mexicano.
