Declaración de guerra
• Baste imaginar qué pasaría si el próximo gobernante decidiera que la refinería salió muy cara

Gabriel Reyes Orona
México sin maquillaje
El caudillo se enorgullece de lo que él, ingenuamente, asume que son diferencias. Pero, para quien no vive en la incondicional ceguera, es claro que no existe nada nuevo en la política nacional.
Hace años, Calderón declaró la guerra al narco, siendo el pretexto al cual se aferró para mantener al Ejército en las calles. Durante la campaña jamás propuso tan aberrante estrategia, la idea sólo surgió cuando vio asentarse el plantón en Paseo de la Reforma. Tras haber mantenido la respiración durante el conteo de votos, asido a un tanque de oxígeno, la decisión le pareció fácil, evitaría que lo derrocara un movimiento social, claro, escondido tras las botas militares. El resultado, muertos por doquier.
El incorruptible, simple y sencillamente, ha obrado igual. El Presidente, desde el día de toma de posesión, declaró la guerra de clases, marcando una tajante línea que le sirve para denostar, confiscar y condenar a los que, piensa él, en dos sexenios no le dejaron llegar.
Evo Morales, autoasumido prócer intocable, abandonó lo que creía era una silla vitalicia, bastando la atenta sugerencia de las fuerzas castrenses para que dejara de reelegirse. Su alteza morenísima, así, advirtió que, de los tradicionales factores reales del poder, existía uno al que no podría sobajar. Sometida la SCJN, era necesario mantener ocupada a la milicia, pero sin combatir al narco. Súbitamente, toda una vida de proclamada lucha social de izquierda se volcó en favor de una República militarizada. Como Calderón, ha creado cuestionables figuras policiacas, a las que encarga coyunturales caprichos, como lo es el levantar un muro migratorio en la frontera sur.
Uno declaró la guerra al narco, y el otro, a la población que social, racial o culturalmente ha decidido purgar. Las dos guerras han sido devastadoras, pero seguro el gobernante en turno romperá el mortal récord que fijaran sus antecesores.
Al estimar que los catorce años que hizo campaña le invisten de ostensible supremacía ideológica se lanzó en cruzada moral de exterminio de aquellas formas de vida no aceptables para su movimiento, ello le ha permitido redefinir autoritariamente los derechos humanos; el debido proceso; el respeto a la libertad y a la propiedad e, incluso, la justicia misma.
Como cualquier emperador que se respete, decide quién debe conservar su fortuna y quién no. Los mismos dictámenes de la Auditoría Superior sirven para identificar contratos leoninos que llevan a la prisión preventiva, que para acusar a su titular de poco serio.
Para dar cuenta del absurdo nivel de injusticia al que la Corte ha permitido que nos lleven, baste imaginar qué pasaría si el próximo gobernante decidiera que la refinería salió muy cara y, así, decidiera, sin juicio previo ni sentencia firme, ordenar la aprehensión de sus constructores, manteniéndoles recluidos hasta que devuelvan la cantidad que —sin escrutinio jurisdiccional— su equipo determine. Así es, la humanidad ya vivió ese régimen, que en alemán se nomina al revés, T4. El daño que la falta de un independiente Poder Judicial nos hace, sólo se aprecia cuando la tiranía toca la puerta.
No son los mismos muertos, sino más; no son igual de poderosos los cárteles, sino más; no son los mismos pobres, sino más, y no es la misma economía informal, sino más.
- La pandemia ha tendido un capelo que ha parado los engranes de la economía, asemejándose a una detención del tiempo, cuando ella cese, porque cesará, los engranes girarán y, sólo entonces, veremos qué tan derruida ha quedado la República.