Un regalo inesperado

A los carteros de México, personajes entrañables. 

Hace algunos días recibí una noticia que me alegró. Mi primo Eduardo Rubio Román me llamó para contarme que, lustros atrás, había encontrado en un armario del abuelo Manuel una colección de estampillas postales. Guayo —reconocido anticuario, hombre de memoria y mirada experta— conservó aquellos álbumes durante mucho tiempo. Pero, al ver recientemente una publicación sobre filatelia, llegó a la conclusión de que aquella antigua colección me pertenecía y había quedado olvidada entre otros objetos familiares cuando emigré de Comitán, Chiapas, a la Ciudad de México para ingresar a la UNAM.

El siguiente fin de semana lo dediqué a revisar, desempolvar y ordenar aquellas estampillas reunidas con paciencia y entusiasmo juvenil por los años sesenta. También encontré la credencial que recibí de La Voz de América, aquella estación de radio que transmitía en español desde Washington y que nos servía de puente para contactar filatelistas del mundo. Gracias a esa red pudimos viajar virtualmente y mantener correspondencia con personas de países lejanos, en una época en que el correo postal era el único vínculo posible y las cartas tardaban semanas —a veces meses— en ir y venir.

Muchos de los sellos que volví a contemplar pertenecen a países que ya no existen, colonias que se independizaron o territorios que la geopolítica transformó para siempre. Recordé las estampillas del Congo Belga con las que me inicié gracias a un regalo de mi padre y volví a maravillarme con los minúsculos ejemplares italianos, delicados como pequeñas obras de arte.

Aquella dote paterna incluyó un sello con la efigie del doctor Belisario Domínguez, héroe nacional originario de Comitán, emitido en 1963 para conmemorar el centenario de su nacimiento y con valor facial de veinte centavos. No he vuelto a encontrarlo, pero a cambio apareció una pieza quizá de 1899: un ejemplar de la serie verde de Miguel Hidalgo con valor de un centavo.

Era el tiempo de la Guerra Fría. Los países del bloque socialista presumían armamento, cosmonautas, propaganda y símbolos ideológicos en sus coloridas estampillas, mientras México mostraba orgullosamente edificios emblemáticos, héroes nacionales y vestigios arqueológicos, como lo hace desde 1856, cuando emitió el primer sello postal.

Las imágenes de la carrera espacial volvieron a cautivarme. En cambio, me produjo el mismo tedio reencontrarme con el rostro severo de Francisco Franco, omnipresente en las estampillas españolas de aquella época y reflejo del culto a la personalidad impuesto por la dictadura. También circularon sellos dedicados a otros líderes autoritarios; piezas que hoy poseen interés histórico para coleccionistas, aunque algunas siguen siendo sensibles por su carga política e ideológica.

Volví a tener en las manos la estampilla conmemorativa de la devolución de El Chamizal, territorio que Estados Unidos incorporó tras las modificaciones naturales en el cauce del Río Bravo. Su restitución a México fue el desenlace de una compleja controversia fronteriza que se prolongó durante casi un siglo. En la imagen aparecen los presidentes John F. Kennedy y Adolfo López Mateos, dos líderes carismáticos de su tiempo dándose un singular apretón de manos.

Algunos ejemplares del tesoro recuperado muestran escenas difíciles de imaginar en nuestros días: tauromaquia, cacerías exóticas o animales exhibidos como trofeos. Otros recuerdan épocas en que varios países latinoamericanos emitían estampillas dedicadas a exploradores y conquistadores españoles, algo que hoy probablemente resultaría impensable. Cada timbre parecía contener no sólo la historia de una nación, sino también la mentalidad de su tiempo.

La filatelia no es únicamente la afición o el estudio de los sellos postales y otros elementos relacionados con el correo, como sobres, matasellos y tarjetas. También es el arte de maravillarse con la infinita diversidad de temas que contienen: saurios extinguidos, deportistas, héroes y villanos, aves, insectos y criaturas marinas, dioses de antiguas civilizaciones, monumentos, águilas bicéfalas, unicornios y otros seres fantásticos.

Entre ellos reaparecieron algunos personajes entrañables de la infancia, como la perrita soviética Laika, que alcanzó fama mundial en 1957 al convertirse en el primer ser vivo en orbitar la Tierra a bordo del Sputnik 2, desplazando en el imaginario infantil de la época a Rin Tin Tin y Lassie, ya célebres en la televisión y el cine.

Mientras el correo tradicional continúa transformándose profundamente por la competencia del correo electrónico, trámites, banca en línea y la mensajería instantánea, el servicio postal como red logística y digital se abre paso.

Ahora, mientras reviso aquella colección, comprendo que no estoy simplemente ordenando estampillas antiguas. Estoy tocando fragmentos de mi propia memoria: los sueños del adolescente que descubría el mundo a través de pequeños rectángulos —a veces cuadrados o triangulares— de papel engomado; las tardes silenciosas clasificando países y temas; y la emoción irrepetible de recibir una carta llegada desde un lugar remoto.

A veces los regalos más valiosos son aquellos que nos permiten viajar sin abandonar el sitio donde estamos y nos devuelven una parte olvidada de nosotros mismos.