Condición tributaria

Todos perdemos cuando alguien, como aquel extremeño, nos divide.

Gabriel Reyes Orona

Gabriel Reyes Orona

México sin maquillaje

Recientemente, diversos medios de información reportaron que el gobierno de la Ciudad de México no habría cubierto el costo del piramidal tinglado armado en la principal plaza capitalina. No le decimos zócalo, ya que hace mucho retiraron el que ahí se erguía. Al solicitarle explicación sobre los costos, alguna funcionaria, poco avezada en lo que puede y lo que no debe hacer un gobierno, respondió que se había cubierto a través de una “condición de impuestos" hecha a una empresa de entretenimiento, que goza del favor de la otrora regencia.

Más allá de las razones que, supuestamente, han permitido a una contribuyente cubrir pagos de manera especial y privilegiada, resulta que la explicación de la funcionaria resultó más preocupante que la falta de transparencia en los costos. La respuesta deja sólo dos escenarios. El primero señala que al gobierno capitalino le vino holgada la reforma constitucional que prohíbe la condonación de impuestos; el segundo, que la funcionaria ocultó el arreglo para realizar dicha obra, inventando una resolución que no existe.

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Sea como sea, es evidente que la Jefatura de Gobierno no puede disponer de dinero exigible a particulares, sin permitir que la Asamblea Legislativa previamente resuelva sobre el destino de recursos públicos. Sí, destinar recursos antes de ingresarlos a las arcas de la ciudad, resulta contrario a la novedosa constitución local. No importa si es apremiante la necesidad de brindar espectáculo al respetable, como anticipadísimo acto de promoción personal, dado que el festejo, recién inventado para lucimiento de la gestión en turno, conmemoró una fecha que debemos recordar, pero no festejar.

Así es, la infausta fecha nos debe dejar claro que todos perdemos cuando alguien, como aquel extremeño, nos divide. Así es, el triunfo lo obtuvo enfrentando a nuestros antepasados unos contra otros, destacando diferencias y no coincidencias.

A falta de apoyo peninsular, sus débiles huestes fueron potenciadas por el encono que supo fomentar entre los pobladores de estas tierras. Los pueblos originarios encontraron la derrota, abonando terreno fértil a una prolongada dependencia del exterior. No fueron capaces de advertir que el odio que los recién llegados hicieran surgir entre quienes en realidad eran parte de una sola y gran comunidad inevitablemente fortalecería al grupúsculo que les llenaba el oído con rencillas por cobrar, aun a sabiendas de que ellas no serían reparadas, pero sí repetidas.

El resentimiento provocó la leal ceguera que —tarde o temprano— desangró a quienes, lejos de resistirle, se le sumaron. Cortés supo, escarbando en las afrentas del pasado, construir una narrativa que le erigió como mandamás indisputable, asumiendo el papel de administrador único de la venganza oficial. Acabó primero con los adversarios y luego con quienes le compraron el discurso de odio.

Pues ahora resulta que aquella negra noche es motivo para demostrar cómo la condonación fiscal pervive, sólo en beneficio de quienes dejaron de ser mafia del poder, para ser parte de los comités creados a modo. Se cambian los nombres, pero se hace lo mismo.

Pocos lo notan, pero la delfina ha asumido aquel duro tono que usara Videgaray cuando se dirigía a los que él veía como incondicionales súbditos. No es seguridad técnica o política la que inspira el talante empleado en sus mensajes oficiales, sino falta de voluntad de servicio.

En el primer corte electoral Sheinbaum perdió la confianza de la mitad del electorado. Parece ser que ahora va por la otra mitad.

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