Ante adversidades: más transparencia, más democracia

Se vuelve un imperativo democrático compensar con mejores instituciones y procedimientos de participación ciudadana.

A los familiares de las víctimas y a los damnificados por la explosión del Hospital Materno Infantil de Cuajimalpa.

En los eventos que organizó el IFAI la semana pasada, con motivo del Día Internacional de la Protección de Datos Personales, hubo gran afluencia de expertos nacionales e internacionales, quienes entablaron un diálogo con los legisladores del Congreso de la Unión que acudieron, intercambios cifrados en aras de unas leyes secundarias de la materia adecuadas. Nada más, pero nada menos.

La espera por esas leyes secundarias (leyes generales) se remonta a casi un año, que se vence el próximo 7 de febrero, plazo que se fijó en los transitorios de la histórica reforma constitucional de 2014, por lo que esas leyes tendrían que ser consecuentes con las expectativas sociales y políticas, mejor dicho, con las exigencias democráticas que han generado.

Si como dice el adagio popular “lo que bien comienza, bien termina”, los ciudadanos no sólo confiamos sino que, respetuosamente, reclamamos unas leyes generales de transparencia y acceso a la información y la de datos personales, por lo pronto, ambas compuestas por disposiciones de vanguardia. De no ocurrir así, con franqueza, sería un despropósito. Eso sería un costoso absurdo.

Precisamente, la fuerza dinamizadora de las reformas constitucionales “estructurales”, que brotaron con grandes consensos parlamentarios entre 2013 y 2014, todas transformaciones de gran calado que suscitaron intensos debates y que se legitimaron por la colocación de la reforma de transparencia como el referente promesa, fue el motivo y guía que iluminaría cual cabeza de máquina de vapor la trayectoria de las otras reformas (carros de la misma locomotora).

Dijo un clásico de las Ciencias Sociales: “Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia”. Ante las crisis derivadas de las deficiencias de la gestión pública (inseguridad humana, barbarie selectiva, corrupción, etcétera), se vuelve un imperativo democrático compensar con mejores instituciones y procedimientos de participación ciudadana para recuperar el rumbo de la nave republicana. ¿Con qué aliciente se asumen los episodios de austeridad que impondrán las restricciones al gasto si no vienen acompañados de mayores exigencias a la celebración de las funciones públicas?

En democracia, bajo el trance de racionamientos económicos, es preciso aumentar los rigores que previenen y combaten los excesos en el mando y en el costo del mando acrítico, que puede ahijar corrupción y repudio ciudadano.

De nada sirven las reformas constitucionales vigentes, por respetables que son, si sus efectos quedan suspendidos o son minimizados por unas leyes secundarias inocuas o, peor aun, regresivas a su lógica modernizadora.

*Comisionado del IFAI

Twitter: @f_javier_acuna

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