Rebeldes

Con dificultades y sobresaltos, la realización de elecciones periódicas y la aceptación de resultados por parte de los contendientes se presentan con relativa normalidad en el ciclo electoral de nuestro continente. Lenta, la nave de la democracia va en aguas turbulentas y con contados naufragios

Francisco Guerrero Aguirre

Francisco Guerrero Aguirre

Punto de equilibrio

La alternancia en el poder y la renovación de autoridades continúa, independientemente de signos ideológicos. Los resultados no siempre gustan, generándose múltiples controversias por las características cada vez más antisistémicas de los candidatos, pero la gente se expresa y cambia de gobierno sin violencia significativa.

Durante 2018, los resultados electorales han mostrado una tendencia a la alternancia, en muchos casos, con transiciones pacíficas de poder, más allá de la intensidad propia de las campañas y de la ruda lucha por el poder.

Si bien existen avances incontrovertibles, la vigencia del sistema democrático no está exenta de riesgos cuando persisten situaciones que tienen el potencial de erosionar sus cimientos, forjados y preservados con tanto esfuerzo durante las últimas décadas.

Entre las situaciones que amenazan al sistema democrático destacan el debilitamiento del equilibrio entre los poderes del Estado, las asociaciones ilícitas entre el dinero y la política, la falta de equidad en las contiendas electorales y la nostalgia latente por las prácticas autoritarias.

El impacto de los escándalos recurrentes con el financiamiento de la política, amplificados por el papel de las redes sociales y una ciudadanía cada vez más escéptica, ha evidenciado el efecto “corrosivo” que el fenómeno de la corrupción tiene en la credibilidad de los sistemas democráticos.

A lo anterior se suma el profundo desencanto de los electores con la clase política, el desgaste acelerado del sistema de partidos y los ataques permanentes a las instituciones centrales del sistema democrático.

De la mano de una polarización cada vez más áspera, figuras políticas “antisistema”, paradójicamente aprovechándose de las reglas establecidas que tanto critican, han encontrado la simpatía de las mayorías, accediendo al poder por la vía electoral.

Lo anterior ha sacudido los usos y costumbres tradicionales del poder y el funcionamiento ordinario del sistema de pesos y contrapesos. En la medida que los ciudadanos se desencantan con el funcionamiento de la democracia, las propuestas radicales, más allá de los rasgos ideológicos, desafían los cánones vigentes, colocando a los “políticos rebeldes” como opciones reales de poder.

La experiencia de los últimos 30 años nos ha demostrado que, para florecer, la democracia requiere esquemas modernos de gobernabilidad a través de instituciones sólidas que rindan cuentas por medio de un efectivo sistema de pesos y contrapesos entre los poderes del Estado.

Hoy, más que nunca, es importante reflexionar sobre los efectos que tienen en el funcionamiento de las instituciones de la democracia la llegada al ejercicio de gobierno de una nueva camada de “políticos rebeldes” a las viejas formas de la política de antaño.

La democracia es una obra inconclusa. Es, por definición, un edificio en permanente construcción que requiere que todos los que habitan en él piensen en su durabilidad a través de los años. Preservar en pie instituciones que ha tomado tanto tiempo construir es una obligación de todos.

Demoler de un plumazo lo ya edificado, sin proponer alternativas razonables, nos puede hacer volver a un pasado de incertidumbre y zozobra. Después de décadas de dictaduras y gobiernos autoritarios, es momento de reformas, no de destrucción.

BALANCE

Es innegable que la brecha entre los ciudadanos y sus gobiernos se ha acrecentado de la mano de la inseguridad, la desigualdad y la corrupción. Por ello, el perfil de “políticos rebeldes” se ha incrementado de manera dramática como una respuesta natural al hartazgo de la gente.

Por ello, más allá de la estigmatización de las instituciones de la democracia y la retórica que permean el ambiente de la región, no podemos entregarnos solamente a la cultura de la denuncia. Requerimos algo más. Aprovechar el impulso por cambios profundos, corrigiendo lo que no funciona, sin destruir aquello en lo que hemos avanzado, pareciera la ruta más adecuada. Más responsabilidad y menos circo mediático.

        

*Los puntos de vista son a título personal. No representan la posición de la OEA

Secretario para el Fortalecimiento de la Democracia, OEA

Twitter: @pacoguerreroa65

Temas: