La inteligencia artificial (IA) llegó para quedarse. Todos los días vemos con gran inquietud cómo las plataformas priorizan el contenido que genera mayor interacción, creando cámaras de eco (burbujas de información) que aumentan la división social y política.
Ante este panorama, organismos internacionales y gobiernos están impulsando marcos éticos y legales que puedan conciliar distintas visiones que resultan contrastantes. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) ha llevado la voz cantante en la materia, señalando que es imperativo construir una plataforma ética de la IA para garantizar derechos civiles, transparencia y evitar que las decisiones automatizadas vulneren la justicia social.
El papa León XIV ha publicado una encíclica histórica titulada: Magnifica humanitas, que aborda directamente los desafíos éticos, económicos y sociales de la IA, haciendo un enérgico llamado a “desarmarla” para que sirva al bien común y no como un instrumento de exclusión, dominación y guerra.
Al igual que con el armamento nuclear, el Papa traza un paralelo para advertir sobre el peligro de las armas autónomas y el uso de algoritmos en lógicas de destrucción. Ninguna tecnología debe reemplazar la agencia y centralidad de la persona humana, instando a que prime la ética por encima del puro cálculo algorítmico.
De manera contrastante, la posición de Donald Trump sobre el futuro de la inteligencia artificial se concentra en garantizar el dominio global de Estados Unidos frente a China. Su visión prioriza la innovación y la inversión privada eliminando barreras burocráticas, aunque en ocasiones recientes ha pausado ciertas regulaciones federales y estatales para evitar frenar el liderazgo tecnológico estadunidense.
Aunque inicialmente Trump favoreció un enfoque no intervencionista, su gobierno ha evaluado imponer controles de seguridad nacional y revisar modelos avanzados de IA antes de su lanzamiento público, buscando un equilibrio entre proteger al país de riesgos y no perjudicar la industria.
Hace unos días, el presidente Trump emitió una orden ejecutiva que establece un marco de revisión voluntario donde las empresas tecnológicas deben compartir sus modelos más avanzados con el gobierno federal hasta 30 días antes de su lanzamiento, permitiendo así evaluar riesgos a la seguridad nacional.
Desde una posición totalmente opuesta, el senador Bernie Sanders presentará un proyecto de ley para crear un Fondo Soberano de Riqueza para la Inteligencia Artificial de Estados Unidos. La legislación propone que el gobierno obtenga una participación directa en las mayores empresas de IA mediante un impuesto único del 50% pagado no en ganancias, sino en acciones de grandes compañías como OpenAI, Anthropic y xAI.
BALANCE
La inteligencia artificial ha revolucionado al mundo. Sus alcances son monumentales. Su uso está impactando a los sistemas democráticos. Por un lado, acelera el análisis de datos masivos para la gestión pública y la participación ciudadana; por otro, amenaza con destruir la integridad de los procesos electorales provocando desinformación, noticias falsas, videos manipulados y una polarización algorítmica que sólo unos cuantos manejan a su conveniencia.
La IA generativa permite crear y propagar “realidades alternativas” a gran escala, haciendo casi imposible que los ciudadanos distingan la realidad de la mentira. La erosión en la confianza en las instituciones ha llegado a su nivel más alto. Por ello, más allá de las voces discordantes en torno al futuro de la tecnología en la vida humana; ha llegado el momento de “gobernar” a la IA, antes de que ella termine por gobernarnos a todos.
