Han sido semanas de una turbulencia internacional pocas veces vista. Distintas calamidades recorren el planeta generando un sentimiento de zozobra que nos recuerdan los días negros de la pandemia. El futuro luce sombrío y la gente común se pregunta: ¿Qué sigue? ¿Cuál es el destino para millones de jóvenes que buscan una oportunidad de vivir plenos y tranquilos? ¿Seguirá la guerra? ¿Cuántos muertos más?
Alejados del humanismo y el respeto a los derechos humanos, vivimos un mundo pragmático y de transacciones inmorales que denota una crisis de liderazgo a nivel mundial. Pocos alzan la voz. Privan los intereses y la búsqueda de ganancias rápidas. La quimera de una globalización compartida se va fracturando cada vez más.
La vieja noción del liderazgo político entendido como la capacidad de influir, guiar y representar a la sociedad para alcanzar grandes objetivos comunes está dando paso a un ejercicio del poder público basado en la defensa de pocos en detrimento de muchos.
Lejos estamos de la refundación política y civilizatoria que significó la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. La ONU languidece atrapada en los controles políticos y financieros. Los migrantes son perseguidos y hostigados. La ética pública se ha guardado en un cajón. La tolerancia y la empatía son vistas como un estorbo.
Sin visión ni compromisos reales, muchos líderes sobreviven el día sin una brújula ética que genere confianza social derrumbando un puente indispensable entre la ciudadanía y las instituciones.
Como ha señalado Santiago C. Leiras, durante los años 90, ante el colapso del modelo estatal-nacional y la ruptura y desarticulación del orden social, se gestó también una crisis de representación política, dada la dificultad que se le presentó a los partidos políticos para cumplir las funciones de agregación de intereses, articulación de demandas ciudadanas y formulación de proyectos o visiones globales. A través de los años, los partidos políticos fueron diluyendo el cumplimiento de las funciones de gobierno y representación comunitaria. Ante el cansancio social, resurgieron en América Latina nuevos liderazgos políticos de la mano del carisma y el populismo.
Con base en un estilo neopopulista y una estrategia neodecisionista de liderazgo político, nuevos líderes intentaron afrontar el colapso de las recetas tradicionales. Casos paradigmáticos cómo los de Carlos Menem, Fernando Collor de Mello, Alberto Fujimori, Abdalá Bucaram y Hugo Chávez representaron “liderazgos de ruptura” en medio de un contexto de crisis del Estado, fragmentación y desestructuración social y crisis de representatividad política.
Este tipo de liderazgos produjeron múltiples crisis económicas, una nueva camada de millonarios, golpes de Estado y el nacimiento de un narcoEstado cómo Venezuela, encarnado en la infame figura del dictador Maduro y su camarilla de secuaces.
BALANCE
En plena era de redes sociales y algoritmos, es urgente recuperar la figura del líder político como el de una persona que ejerza su autoridad basándose en la confianza y el reconocimiento general de sus atributos humanos y personales, en una nueva ecuación que premie las virtudes y castigue los excesos.
Regresando a los fundamentos clásicos, se requiere de líderes que prediquen con el ejemplo, construyendo una actitud de coherencia entre lo que se dice, se aconseja o se enseña y las acciones reales que se realizan desde el gobierno.
En un mundo doliente de valores y principios, urgen nuevos liderazgos cimentados en la coherencia. Los países que son capaces de confiar en sus líderes son más adaptables y están más dispuestos a enfrentarse al cambio, porque saben que cuentan con un apoyo real. El valor de los principios y los valores.
