Impaciencia democrática
Durante el siglo XX, el autoritarismo solía ser la regla en América Latina. Hoy, la gran mayoría de los gobiernos de la región opera bajo reglas y procedimientos reconocidos por la Carta Democrática de la OEA y anclados en una filosofía de respeto a los derechos ...

Francisco Guerrero Aguirre
Punto de equilibrio
Durante el siglo XX, el autoritarismo solía ser la regla en América Latina. Hoy, la gran mayoría de los gobiernos de la región opera bajo reglas y procedimientos reconocidos por la Carta Democrática de la OEA y anclados en una filosofía de respeto a los derechos humanos y las mejores prácticas de la democracia representativa.
Sin embargo, la incredulidad y los cuestionamientos de algunos segmentos sociales han sembrado dudas sobre el valor de la democracia, del diálogo y la eficacia de los procesos deliberativos. De la mano del pensamiento radical, algunas “voces iluminadas” piensan que las formas autoritarias son más expeditas aunque sean excluyentes y cuestionables.
Lo preocupante es que al descalificar la eficacia de la democracia a través de “soluciones expeditas artificiales” se ponen en riesgo los verdaderos alcances de los derechos humanos, las libertades políticas y las libertades civiles. La historia nos ha demostrado que la falta de convicción social en la democracia nos conduce inevitablemente hacia el autoritarismo.
Ante problemas complejos, cada vez más se hace evidente la necesidad de lograr consensos duraderos entre élites políticas y grupos sociales y económicos para lograr condiciones que aseguren una gobernabilidad democrática e impulsen procesos de reformas políticas, de construcción de políticas públicas estratégicas y de fortalecimiento institucional.
De hecho, el diálogo como instrumento para el fortalecimiento de la democracia se requiere aún más cuando las partes menos creen que se necesita. La convicción de buscar soluciones integrales ante problemas atávicos debería ser en consecuencia una práctica reflexiva y permanente.
Aquellas naciones que han logrado buenas condiciones de desarrollo han comprendido que la cultura de diálogo y de la construcción de consensos no sólo es vital en las etapas de transición política, sino en el día a día, en cada interacción propia de la gobernabilidad democrática.
La impaciencia democrática se multiplica porque los déficits de la misma no pueden esperar: la violencia que carcome el tejido social, la corrupción que contamina la gestión pública, la falta de oportunidades y la falta de confianza en las instituciones.
El tiempo apremia por el ritmo acelerado de propagación de la información y la necesidad de incluir nuevas voces en el proceso democrático. El empoderamiento ciudadano, fruto de los procesos de democratización y el acceso a la información, pone presión adicional para avanzar, para que los gobiernos respondan y den soluciones.
Nuestras sociedades están online, con ciudadanos conectados, y con millones de millennials que esperan resultados tangibles. Además, sectores históricamente subrepresentados reclaman mayor participación.
Balance
No existe una fórmula mágica para garantizar la eficacia de la democracia como sistema de gobierno. Sin embargo, existen condiciones mínimas para buscar soluciones duraderas. Primero, es central identificar y consensuar objetivos concretos, poniendo sobre la mesa las agendas de todos los actores; segundo, la voluntad política; tercero, la comunicación fluida y de calidad para mantener la confianza, y, por último, el establecimiento de reglas del juego aceptadas por todos.
En democracia el pluralismo es inherente. Ante la diversidad de posiciones, para avanzar, hay que concertar cívicamente. La democracia es apertura y transparencia, y los gobiernos se deben a su gente. Requerimos de un diálogo permanente para evitar situaciones de ingobernabilidad y de abusos de poder.
*Secretario para el Fortalecimiento de la Democracia de la OEA.
Los puntos de vista son a título personal.
No representan la posición de la OEA.