Oro negro

Lo peor que le podría pasar a este país es que todo esto en realidad se tratara de un circo de corruptos sin castigo. Que Emilio Lozoya, Luis Videgaray y demás prohombres salieran sin más responsabilidades que las de una multa

Extemporáneas. Rogelio Montemayor, exgobernador de Coahuila y exdirector de Pemex, renunció al PRI, en solidaridad con el doctor José Narro, exsecretario de Salud y exrector de la UNAM, quien aspiraba a la dirigencia nacional del histórico partido político para reconstruirlo, lo que ello signifique. Esto, huelga decir, ocurrió hace poco más de un año mediante una carta durante el proceso de regeneración (otra vez: lo que ello signifique) del tricolor.

“Comparto la decisión del doctor Narro de renunciar a participar en un proceso plagado de irregularidades”, escribió Montemayor en su carta de renuncia. “Comparto también su decisión de renunciar al PRI, y por este medio comunico que no votaré en la seudo elección para elegir a la nueva dirigencia del PRI, y al mismo tiempo renuncio al PRI. Lo hago con pesar y tristeza, pues respeto y valoro a la gran mayoría de militantes priistas que considero son gente de bien, de principios, honestos y comprometidos con las mejores causas de México”.

A Montemayor, acusado y, finalmente, exonerado de financiar, en su calidad de director de Petróleos Mexicanos, junto a su poderoso sindicato, la campaña del candidato del PRI a la presidencia, Francisco Labastida, en el año 2000, le tocó, durante al menos un par de años, aguantar la metralla política (y judicial) por presuntos delitos como peculado y uso indebido de atribuciones, lo que se conoció como el Pemexgate.

En la citada misiva, de manera contundente, Montemayor se refirió a “demasiados personajes, a quienes el partido llevó a cargos de representación política, que han saqueado y endeudado a sus estados, personajes corruptos y cínicos que abusaron de su cargo y privilegiaron el resolver y asegurar su situación económica y política personal sobre la obligación de atender los problemas de las comunidades a las que juraron servir al asumir sus respectivos cargos”.

Ahora, con el caso de Emilio Lozoya, todos los caminos llevan al petróleo. Mejor dicho, todos los caminos llevan a la empresa productiva del Estado que administra el petróleo y demás combustibles, donde verdaderamente hay recursos (los financieros, no los no renovables) para repartir y obtener ganancias. En la danza de millones de dólares con los que la compañía brasileña Odebrecht pagó al gobierno mexicano para obtener contratos, para financiar la campaña presidencial de Enrique Peña Nieto en 2012 y para sobornar a legisladores a cambio de votos queda una amarga sensación de que todo era un secreto a voces, de que Montemayor enseñó un mecanismo que Lozoya y compañía mejoraron con el popular discurso de que se actuó permanentemente por el bien de México.

Lo peor que le podría pasar a este país es que todo esto en realidad se tratara de un circo de corruptos sin castigo. Que Emilio Lozoya, Luis Videgaray y demás prohombres salieran sin más responsabilidades que las de una multa, por muchos ceros a la derecha que ésta tuviera, y una sanción de parte de la contraloría para no poder ejercer el servicio público por quién sabe cuántos años. Como testigo colaborador, Lozoya y sus investigadores están inmersos en el dilema que planteó Bioy Casares: “Para estar en paz con uno mismo hay que decir la verdad. Para estar en paz con el prójimo hay que mentir”. 

Pero el asunto de Lozoya podría dar un giro maligno. Va a manera de minicuento (y que conste que es ficción): El exdirector de Pemex fue arrojado desde un quinto piso, y los autores intelectuales del crimen dijeron, como la mafia: “Era un pajarito. Sabía cantar, pero no sabía volar”.

Ha sido ésta una semana de revelaciones. El subsecretario de Salud López-Gatell, el zar mexicano del covid-19, falla cuando se refiere a las bebidas carbonatadas como las causantes de nuestros males. Los responsables de la red de corrupción de Odebrecht creyeron atinar cuando apostaron por el petróleo, pero crearon un castillo de naipes. Los refrescos de cola, esas aguas negras del imperialismo, triunfaron en la sociedad de consumo, a diferencia de los que vieron en el oro negro la cueva de Alí Baba, barriles financieros públicos sin fondo.

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