“Algunos hombres sólo quieren ver arder el mundo”

Desearle la muerte a alguien es una fantasía mental muy común. Opera como una válvula de escape emocional ante el enojo o la frustración. Se libera así, aseguran los psicólogos, la acumulación de rabia o impotencia. Por fortuna, sólo es un evento mental transitorio. Rara vez pasa a mayores. 

En sentido opuesto, hay que amalgamar una buena dosis de odio para concebir hacer el mayor daño posible. Mucho antes de ejecutarlo, el mal se incrusta como un tornillo. La amenaza precede al golpe. La palabra, cuando viene cargada de intención destructiva, ya es una forma de violencia.

Esa idea sirve, incómodamente bien, para reflexionar sobre lo que pasó esta semana en la Asamblea General de la ONU. Donald Trump subió al estrado y planteó la aniquilación de un país —Irán— como la primera de dos “opciones”. La otra, un acuerdo diplomático (lo que en el diccionario de Estados Unidos significa “sacar ventaja”) después de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos. Es decir, la existencia de una nación entera está condicionada al calendario electoral de otra. La amenaza fue enunciada con la misma cadencia gerencial con la que se anuncia un recorte de presupuesto. Hay un margen de comportamiento entre los gánsteres. La aniquilación se menciona como una instrucción fulminante de cualquier capo de la droga. Es una opción, entre otras, en el mismo tono en que Trump habla de Groenlandia o de municiones. Algo habita en su cabeza que lo anima a señalar objetivos en tanto tiene al mundo en vilo. Por sus frutos los conoceréis.

En el mismo foro, Benjamin Netanyahu reivindicó su postura de macho alfa. Dijo que atacar a Irán fue una de las decisiones “más fáciles” que tuvo que tomar como primer ministro de Israel. Fácil. Ni trágica ni dolorosa. Ni siquiera un mal necesario. Destruir es cosa fácil. Mientras Netanyahu hablaba, decenas de delegados abandonaron la sala. Una frase lo retrata de alma entera: “El genocidio es la mayor mentira del siglo”. 

Trump y Netanyahu comparten discursos de desprecio, pero también una arquitectura mental semejante. La guerra y la aniquilación como herramientas de gestión, despojadas de su peso moral, dichas con la tranquilidad de quien duerme como un bebé porque ya decidió que las consecuencias son para otros, sobre todo para los bebés de otros (o los niños en la Franja de Gaza o en una escuela iraní). 

Esa frialdad —esa “facilidad”— para presumir bajas que se venden como si absolutamente todas fueran líneas enemigas es la forma más pura de una mente maligna y sombría. Es el monstruo que calcula. La venganza de los beepers que ciertamente Hezbolá recuerda. Lo demás es desplazamiento e invasión. Netanyahu aprovechó el foro global de las naciones para hacer proselitismo. Se presentará en las elecciones de su país dentro de un mes. Y no contempla perderlas. 

Ante ello, surge la pregunta: ¿qué le pasa a una civilización cuando dos de sus líderes más poderosos pueden hablar de guerra con la misma calma con la que hablan de progreso? Están quienes defienden a Trump. Argumentan que sus declaraciones son parte de una estrategia de disuasión (“hablar duro para evitar la guerra real”). Los simpatizantes de Netanyahu sostienen que Israel toma acciones preventivas legítimas. 

Como le dijo el viejo sabio Alfred Pennyworth a Bruce Wayne: “Algunos hombres no buscan algo lógico, como el dinero. No se les puede comprar, intimidar, razonar ni negociar con ellos. Algunos hombres sólo quieren ver arder el mundo”. Confío en que se me perdone la vanidad de la referencia.