La amenaza hemisférica

En Chihuahua ocurrió una historia que México conoce bien. La muerte de dos funcionarios estadunidenses, identificados por The Washington Post como oficiales de la CIA, y dos mandos mexicanos de la Agencia Estatal de Investigación de la Fiscalía General de Chihuahua, abrió una herida en la relación bilateral, pero también planteó una pregunta antigua: ¿cuándo la cooperación de inteligencia deja de serlo y comienza a parecer intervención? 

Toda discusión seria sobre espionaje en México conduce, tarde o temprano, a una bisagra: Manuel Buendía, el periodista que echó luces, como nadie, entre las sombras de los eventos oficiales en los despachos con techo estadunidense en suelo mexicano.

Buendía entendió que los servicios de inteligencia modelan los acontecimientos. Vio las zonas grises entre Estado, guerra sucia, narcotráfico y agencias extranjeras. Su asesinato fue, en cierto modo, el epitafio de una época… y quizá el prólogo de otra.

Durante la Guerra Fría, el espionaje tenía un enemigo claro: el adversario ideológico. “We should fight communism, not each other”, dice un personaje a otro, tras una discusión acalorada, en la película Tinker Tailor Soldier Spy (2012), basada en una de las novelas de John Le Carré. El espionaje, sin que gobiernos enteros lo advirtieran, modificó su visión del mundo. En octubre de 1985, la revista People publicó un artículo sobre las idas y vueltas de los espías, en ese entonces ya parte de las conversaciones comunes y corrientes: “El frenético verano del mundo del espionaje”. 

Caído el Muro de Berlín, vinieron las vendettas. Y sí: había gente que, simplemente, sabía demasiado. Otros, paranoicos, mejor fueron a buscar a sus viejos enemigos para pegarles un tiro en la sien o verlos revolverse en la banqueta, desde la acera de enfrente, por algún veneno puntualmente integrado a la receta de su brebaje.

Se vivieron años de contención, infiltración, contrainsurgencia.

Luego vino el golpe del 11 de septiembre, el de Estados Unidos, no el de Chile, y todo cambió. Se hablaba, desde luego, de espionaje. De amenazas difusas. De actores no estatales o gobiernos paralelos. De soberanías flexibles.

La guerra contra el terrorismo produjo muerte y destrucción. Y para guerras, con las del narco México tiene de sobra. El verdadero asunto de interés público es precisamente ése, por su secrecía, y se asoma en Chihuahua. Buena parte de cierta prensa estadunidense promueve la guerra contra los cárteles.

Reuters citó, el 20 de abril, que México investigaría si se violó su ley de seguridad nacional por la participación estadunidense en acciones contra cárteles. Un día después, como se refirió líneas arriba, The Washington Post reportó que los agentes estadunidenses muertos “were working for the CIA” (“trabajaban para la CIA”). Más reveladora todavía fue la línea recogida por Los Angeles Times, el 21 de abril, cuando la embajada estadunidense describió a los oficiales como personas que “supporting Chihuahua state authorities efforts to combat cartel operations”, es decir no solamente “observaban” ni “asesoraban”, y ya.

Visto de manera práctica, el crimen organizado provoca terror. Son, al menos, una amenaza para el ciudadano de a pie. Quizás no sean necesariamente terrorismo, pero los métodos son semejantes. Así están las cosas en el primer cuarto del siglo XXI.

Por eso Chihuahua inquieta, porque hay una línea tenue entre cooperación e intromisión. Cada época tiene su némesis. Ayer fueron los comunistas. Luego llegaron los terroristas. Hoy, el narco es visto como una amenaza hemisférica.