La adicción al celular no tiene edad

Niños, adultos y adultos mayores formamos parte de una sociedad cada vez más conectada. El celular se ha convertido en herramienta de trabajo, entretenimiento, información y convivencia. Está presente prácticamente en todos los momentos de nuestra vida y, precisamente por ello, la discusión sobre sus efectos no puede reducirse a lo que ocurre con niños y adolescentes.

Basta mirar alrededor en un restaurante. Una pareja espera la comida mientras cada uno observa su teléfono. En otra mesa, una familia comparte el espacio, pero no necesariamente la conversación: uno revisa sus redes sociales, otro responde mensajes y el más pequeño contempla una pantalla que probablemente le fue entregada para mantenerlo entretenido. Están juntos y, sin embargo, cada uno parece encontrarse en un lugar distinto.

Recientemente se ha intensificado la discusión sobre los riesgos que representan los celulares y las redes sociales para los menores. Nos preocupan —con razón— las horas frente a la pantalla, la dependencia, el contenido al que tienen acceso, el ciberacoso o la necesidad de aprobación que pueden generar las plataformas digitales.

La preocupación ha llegado a los gobiernos. Francia, por ejemplo, ha endurecido las restricciones al uso de celulares en los centros educativos y avanza en la regulación del acceso de los menores de 15 años a las redes sociales. México también ha iniciado una discusión sobre el uso de plataformas digitales entre niñas, niños y adolescentes.

Regular el celular en las escuelas puede ayudar a recuperar la atención y la convivencia, pero difícilmente resolverá un fenómeno que comienza antes de entrar al salón de clases y continúa después de salir de él. ¿De qué sirve pedir a un adolescente que permanezca algunas horas sin teléfono si al llegar a casa encuentra a una familia completa mirando sus propias pantallas?

Los niños no solamente escuchan lo que les decimos; también reproducen lo que nos ven hacer. Y los adultos tampoco soltamos el teléfono.

Lo llevamos a la mesa, a una reunión y a la cama. Interrumpimos una conversación para responder un mensaje que podía esperar. Revisamos una notificación mientras alguien nos habla. Fotografiamos el momento antes de vivirlo y, algunas veces, parece más importante compartir dónde estamos que estar verdaderamente ahí.

Por eso, una política pública en México no debería limitarse a establecer prohibiciones para los menores. También tendría que promover educación digital, ofrecer herramientas a madres y padres, recuperar espacios de convivencia sin pantallas y exigir mayor responsabilidad a las plataformas sobre los mecanismos que utilizan para mantener nuestra atención.

Pero existe otra cara del fenómeno que pocas veces forma parte de la discusión: los adultos mayores.

En México, su incorporación al mundo digital ha sido acelerada. De acuerdo con la Endutih del Inegi, en 2025 utilizaba internet 57.8% de las personas entre 65 y 74 años; una década antes lo hacía apenas 11.2 por ciento. Entre las personas de 75 años o más, el porcentaje pasó de 3% en 2015 a 30.3% en 2025. Para ellos, el desafío es distinto. El objetivo no debería ser alejarlos de las redes, sino enseñarles a utilizarlas de manera segura y aprovecharlas como una herramienta contra el aislamiento.

Para una persona de 70 u 80 años, Facebook o WhatsApp pueden significar reencontrar a un compañero después de medio siglo, ver a los nietos que viven en otra ciudad, conversar con familiares que emigraron o simplemente recibir un mensaje cuando las visitas comienzan a hacerse menos frecuentes.

Diversos estudios han relacionado el uso de redes sociales entre adultos mayores con mejores indicadores de conexión social y, en algunos casos, menores niveles de soledad. Sin embargo, la tecnología por sí sola no sustituye la convivencia.

México tiene la oportunidad de construir una política digital que reconozca esas diferencias: proteger a los niños, educar a jóvenes y adultos para establecer una relación más saludable con sus dispositivos y acercar a los adultos mayores a la tecnología de forma segura como una herramienta de integración y autonomía.

No necesitamos una política contra la tecnología, sino una que nos enseñe a convivir con ella, porque nos guste o no, llegó para quedarse.