Hace unos días, durante la ceremonia de apertura de cursos de la Preparatoria de la Universidad Panamericana, escuché una reflexión del doctor Víctor Isolino Doval que continuó acompañándome mucho después de haber terminado el evento: la posibilidad de encontrar cierta semejanza entre nuestra relación con las redes sociales y aquel inquietante recurso que Aldous Huxley imaginó hace casi un siglo en Un mundo feliz: el soma.
En la novela de Huxley, el soma permite escapar de aquello que incomoda. Frente a la tristeza, el vacío, la frustración o cualquier experiencia desagradable, existe una manera inmediata de sentirse nuevamente bien. Lo verdaderamente inquietante no es sólo la existencia de esa sustancia, sino una sociedad que ha aprendido a huir sistemáticamente de todo aquello que perturba su bienestar. No hace falta obligar a las personas a renunciar a su libertad si encuentran suficientemente atractivas las distracciones que les permiten olvidarse de ejercerla.
La tecnología nos ha permitido acercarnos, acceder a conocimientos antes inimaginables, mantener relaciones a la distancia y construir nuevas formas de colaboración. El problema no está en la herramienta, sino en la relación que establecemos con ella. Quizá por eso vale la pena hacernos una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando comenzamos a necesitar un estímulo para llenar prácticamente cualquier instante de nuestra vida?
Basta observar algunos de nuestros hábitos cotidianos. Esperamos unos minutos y sacamos el teléfono; una conversación pierde momentáneamente nuestro interés y buscamos una pantalla; caminamos, comemos o descansamos mientras consumimos contenidos; antes de dormir revisamos por última vez las notificaciones y, en ocasiones, al despertar hacemos exactamente lo mismo. Poco a poco podemos acostumbrarnos a que cada silencio tenga que llenarse, cada espera deba entretenernos y cada momento de aburrimiento encuentre una salida inmediata.
Aquí aparece una cuestión mucho más profunda que la tecnología: la libertad. Ser libre no significa únicamente poder elegir entre muchas opciones, sino ser capaz de gobernar nuestra propia vida. Una persona puede tener a su disposición posibilidades prácticamente ilimitadas y sin embargo, descubrir que le resulta cada vez más difícil dirigir su atención, perseverar en una tarea que exige esfuerzo o resistir aquello que le ofrece una gratificación inmediata. Tal vez una de las paradojas de nuestra época sea precisamente ésta: nunca habíamos tenido tantas posibilidades para elegir y al mismo tiempo, pocas veces habían existido tantos estímulos compitiendo permanentemente por nuestra voluntad.
Esto adquiere una relevancia particular en la educación. Me preocupa que lleguemos a considerar cualquier forma de incomodidad como algo necesariamente negativo. La vida humana necesita también del esfuerzo, de la espera y hasta del aburrimiento. Hay libros cuya riqueza sólo aparece después de muchas páginas; amistades que necesitan años para alcanzar profundidad; conocimientos que requieren estudio paciente; conversaciones que comienzan incómodas y terminan transformándonos. Incluso nuestros fracasos, nuestras dudas y algunos momentos de soledad pueden enseñarnos cosas sobre nosotros mismos que ninguna satisfacción inmediata podría mostrarnos.
Educar, entonces, también significa enseñar a permanecer. Permanecer frente a un problema cuando todavía no encontramos la solución; permanecer en una conversación cuando resulta más sencillo distraernos; permanecer en silencio el tiempo suficiente para escuchar nuestros propios pensamientos; perseverar en aquello que merece la pena aunque la recompensa no llegue inmediatamente.
Quizá por eso necesitamos recuperar algunos espacios que parecían absolutamente ordinarios y que hoy comienzan a convertirse casi en actos de resistencia: leer durante un tiempo prolongado sin interrupciones, caminar sin mirar una pantalla, sentarnos a conversar dejando el teléfono lejos, contemplar algo sin necesidad de fotografiarlo. No para declarar una guerra contra la tecnología, sino precisamente para recuperar la libertad necesaria para utilizarla bien.
Tal vez Huxley siga interpelándonos casi un siglo después porque comprendió algo profundamente humano: no siempre perdemos la libertad porque alguien nos la arrebate; algunas veces podemos entregarla poco a poco a cambio de comodidad, entretenimiento o la posibilidad de no enfrentarnos con nosotros mismos.
Frente a ello, la educación tiene una tarea apasionante. Ayudar a cada persona a recuperar el protagonismo de su propia vida, a descubrir que no todo vacío necesita llenarse inmediatamente y que no toda incomodidad debe desaparecer. Quizá uno de los grandes actos de libertad de nuestro tiempo consista en algo aparentemente sencillo: ser capaces de volver a estar donde estamos.
