Parole

Se atribuye a Gandhi la cierta definición de que el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Alguien debiera aclararle la idea al presidente electo López Obrador.      
 

            Parole, parole, parole

                Ascolta mi,

                Io te giuro…

La primera palabra.

Tengo más de sesenta años de vivir de este oficio bellísimo de contar y cantar lo que veo y lo que pienso de lo que veo, disfruto y sufro; de ordenar letras y palabras para que alguien reciba un mensaje.

Debo confesar que gracias a este oficio no he vivido, ni vivo mal.

Pero, tal vez la más importante enseñanza que he adquirido en esto, es que la frase inicial de todo escrito define su calidad y su impacto.

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme” escribió el más grande de los escritores en nuestra lengua en la primera línea del Quijote. Don Juan Rulfo inicia su opera magna así :”Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. “Me acuerdo, no me acuerdo, ¿qué año era aquel?”, escribe José Emilio Pacheco. “Una tarde, extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada”, cuenta Dostoievski del día en que Rodion Raskolnikov iba a matar a la usurera Elizabeth en su crimen con castigo.

La frase es emblemática: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

El asunto es el peso del verbo; la Biblia dice que en el principio era la palabra y el verbo era Dios. Me da la impresión de que esa ecuación se ha venido deteriorando. Se atribuye a Gandhi la cierta definición de que el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Alguien debiera aclararle la idea al presidente electo López Obrador.

El próximo presidente de este país no tiene una amable convivencia con el verbo. Su retórica es pedestre, aunque tenga la ventaja en su simpleza de comunicar con las masas poco ilustradas, precisamente porque su discurso carece de sustancia y se carga en la emoción.

Está bien, ése es un recurso de maniobra política. Se vale. Cuando estás en campaña electoral.

Lo que no se vale es acudir a palabras mayores; cuando se afirma que México está en bancarrota, el único mensaje que se manda es el de la ignorancia o la irresponsabilidad.

Si el presidente López Obrador tiene lista la oreja para escuchar consejos sabios, va a cambiar su discurso zafio.

Yo estoy seguro de que el señor Presidente electo ni entiende razones ni presta su oreja a consejo sabio. Porque se pierde en un mar de palabras en las que no sabe navegar.Y eso, si me permiten, no me hace feliz.

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