La voz

No sé que tiene tu voz que fascina Rubén Cabrera, Tu voz Hay una intensa y fascinante devoción de nuestro pueblo por el Tzompantli, ese panteón que viéndola de frente encuentra uno al lado izquierdo de la ...

                No sé que tiene tu voz que fascina

                Rubén Cabrera, Tu voz

Hay una intensa y fascinante devoción de nuestro pueblo por el Tzompantli, ese panteón que viéndola de frente encuentra uno al lado izquierdo de la gran pirámide de Chichén Itzá y que es un muro de cráneos pétreos perfectamente acomodados, que igual se aprecia viéndolo de espaldas detrás de la Catedral de la Ciudad de México, donde vive la Coyolxauhqui. En el Códice Tovar, llamado Ramírez y que por extemporáneo tiene inexactitudes producto de la memoria, aparece el que puede ser auténtico: cráneos hilvanados en horizontal, recién carentes de sus cuerpos.

Carentes de sus cuerpos, ese es el tema. En Veracruz, muy cerca de Alvarado han encontrado 170 cráneos en treinta fosas sepulcrales que tienen entre dos años y tres años. No son 170 cuerpos: son 170 cabezas, más las que se encuentren esta semana, si la procuraduría veracruzana de justicia nos permite saber lo que ande investigando.

Lo más difícil de establecer en un país tan mentiroso como el nuestro es la estadística; oficialmente se supone que hay unos ochocientos desaparecidos de los que tenemos nombre. Los deudos dicen que son por lo menos el doble. De las 35 fosas clandestinas se estima que podrían ser quinientas. O mil. Que lo averigüe Vargas.

El nombre de la rosa pertenece a quien se lo pone, diría Umberto Eco. El que manda es el Huey Tlatoani, dirían los aztecas: el de la voz. Nosotros, así como veneramos al que mata y deja constancia de sus cadáveres, obedecemos al que habla fuerte. Todo tiene que ver con el sonido. Nos sometió el español minoritario por dos de sus avances tecnológicos: el uso de la rueda que nosotros sólo entendíamos mágicamente como la piedra del sol y no su uso práctico, pero, principalmente por el ruido ensordecedor de la pólvora en esos tubos malditos de metal. Pero también su grito de mando y su lengua de sumisión comenzando por la iglesia.

Y la historia se repitió. La Colonia fue territorio del que tenía la voz. Su lenta extinción nació de una proclama del cura Hidalgo, cuya fuerza era el verbo y no los machetes. Morelos debe su histórica autoridad a su palabra. “Va mi espada en prenda, voy por ella”, es parte de nuestra cultura obligada, como lo es “la patria es primero”.

Si el respeto al derecho ajeno es la paz, la palabra del oaxaqueño anduvo deambulando hasta El Paso, Texas, en una vieja diligencia. Y regresó por la fuerza verbal. Francisco I. Madero no fue un gran estratega, pero sí un exquisito orador. También así le fue ante la pésima oratoria de Victoriano Huerta.

Ni Villa ni Zapata fueron amos del verbo. Tampoco tuvieron el poder, aunque sean parte del panopticum de nuestra imaginario. El poder lo tuvo Obregón hasta que en La Bombilla le quitaron la voz, o Calles, el organizador. Lázaro Cárdenas ratificó su autoridad en un discurso, desde el balcón central de Palacio Nacional una tarde de 1938.

De entonces acá sólo recordamos voces: la reposada de Ruiz Cortines, la enérgica de López Mateos, la meliflua de Miguel Alemán, la siniestra de Díaz Ordaz, la robusta de Echeverría, la vaga de Miguel de la Madrid, la elegante de López Portillo, la divertida de Fox o la simple de Calderón. La inexistente de Peña.

A todos los determina su voz. Son, después de todo, el tlatoani.

Si se analiza el discurso de Andrés Manuel. presidente electo, encuentra uno que es muy simple. No hay materia analizable ni conceptos discutibles. Es, en esencia, sonido vago, primitivo. Todo se arregla acabando con la corrupción, como si eso fuera posible. Su problema es que su verbo se anticipó, por mucho a su acción.

El 1 de diciembre va a tomar la palabra, será el tlatoani, y vamos a ver cómo ejerce la voz.

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