A la mitad del río

El presidente electo, López Obrador, adelantó que su política migratoria no será de represión, sino de respeto y fomento de los derechos humanos de los peregrinos. 

Conforme pasa el tiempo, crece en mí la sospecha de que detrás del trágico éxodo centroamericano que inundó México en las recientes semanas  hay maniobras e intereses políticos que no tienen nada de casuales. La casualidad no existe en la política. Mucho menos a la mitad del río, cuando dice el adagio que no se debe cambiar de montura.

El fenómeno migratorio coincidió, precisamente, con las elecciones de medio término para el presidente Trump. Un anuncio de televisión que la administración Trump hizo circular antes de las elecciones de ayer martes denuncia que los demócratas dejaron entrar a un criminal indocumentado mexicano que mató a dos policías. Sobre esa torcida interpretación se ponen imágenes de los migrantes de ahora. El mensaje, que de tan burdo fue rechazado por la CNN, pero aceptado, proyectado y luego retirado por la NBC, es claro. El único que puede salvar a los norteamericanos no es el Chapulín Colorado, sino Trump y sus republicanos.

De este lado de la raya, el presidente electo, López Obrador, quien tiene muchos defectos, pero el de tonto no le queda, se subió también con oportunismo al asunto de las caravanas. Adelantó que su política migratoria no será de represión, sino de respeto y fomento de los derechos humanos de los peregrinos. De hecho, insinuó que lo mejor sería regresar a una reedición de la Alianza para el Progreso de Kennedy, fomentando el desarrollo regional para que los miserables no tengan que dejar su tierra para ir a buscar el pan en tierra ajena.

Hay quien quiere ver en estos pronunciamientos barruntos de roces, eventualmente de choques entre Trump y López Obrador. Todavía es muy temprano.

Anoche mismo no estaba claro aún si los deseos de los mexicanos se habían cristalizado en los votos para el Congreso y los gobernadores, dándole a los demócratas la Cámara de Representantes y a los republicanos el Senado.

Es cierto que la cantidad de votantes jóvenes se desbordó en la modalidad de los votos anticipados. Pero también es cierto que la disminución del desempleo y el auge económico de los vecinos le favorece a quien hizo de la promesa de volver a hacer grande a Estados Unidos su lema de campaña y de gobierno. Desde luego que el auge económico es prolongación de la gestión de Obama, pero en política no importa quién es el que apuesta, sino quién es el que cobra. Si el que cobra es Trump, a los mexicanos no nos va a ir nada bien. La similitud de conductas de don Andrés y don Donaldo, ambos tozudos, irritables, sordos a cualquier consejo y decididos a hacer exactamente lo que les sale del arco del triunfo, en la anatomía masculina, les pone en curso de colisión.

Y ya los derrotados constructores del aeropuerto de Texcoco demostraron que el que se enoja pierde. Ya les darán su recompensa, comprometida en el conciliábulo sospechoso.

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