Son puros cuentos que hay por ahí

Todos los días, y qué bueno que así sea, tenemos testimonios gráficos de las agresiones a la ley y las personas. Los asaltos en la calle, despojos a las puertas de los bancos, las madrizas de barrio. Todo eso es verdad. Porque está grabado. Desde luego que no toda la verdad. Dentro de muy poco, póngale una lana, las grabaciones de video serán prueba capital en el imbécil nuevo sistema acusatorio que nos han recetado.

Si mi hermosa mujer fuera imbécil, podría mandarme en cualquier momento, después de treinta años, al carajo.

Para los puritanos poco informados debo referir que el carajo era un cubículo ubicado en un velero, en la parte más alta del palo mesana mayor —llamado también verga— a donde se mandaba en castigo a los marineros ineficientes o indisciplinados por lo incómodo del sitio, que irónicamente era privilegio del vigía para ser el primero en avistar tierra firme. Al propósito, los viejos españoles decían “cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo”.

Pero el tema no era náutico, ni meteorológico.

Las ventajas que la tecnología imparable nos ha proporcionado, hace que la realidad deje de ser lo que antes era, mediante su manipulación. Volvimos al concepto original: percepción es realidad, y dejamos cojo al mago: ahora lo ves, ahora no lo ves. Por lo tanto, mi mujer corre el peligro de recibir en cualquier momento y en su computadora o cualquier otra cosa de su puta madre, imágenes, sonidos y testimonios de cualquier conducta sexual, anormal e inmoral de parte mía con hombre, mujer, animal o quimera. Ella no necesitaría para su convicción más que una nebulosa grabación en video que —a lo peor— anda circulando por las redes llamadas sociales.

Lo que se ve no se juzga, dijo un día el cantante Juan Gabriel, aunque ahora resulte que era más pitoloco que el mismo Andrés García.

Todos los días nos encontramos con muestras de la versión popular de la caricatura que dejan chiquitos a Quezada, Isaac, Arias Bernal, Freyre, Rius, Naranjo, Carreño, o al mismísimo Pancho Calderón, y todos los que se me olvidan que son muchos, comenzando por el taller de gráfica popular de Leopoldo Méndez y O´Higgins.

Se llaman memes. Siempre he dicho que si el talento que los mexicanos dedican a sus mamadas electrónicas lo ocuparan en productivas actividades, este país sería otro y Finlandia nos la pellizcaría.

Todos los días, y qué bueno que así sea, tenemos testimonios gráficos de las agresiones a la ley y las personas. Los asaltos en la calle, despojos a las puertas de los bancos, las madrizas de barrio. Todo eso es verdad. Porque está grabado. Desde luego que no toda la verdad. Dentro de muy poco, póngale una lana, las grabaciones de video serán prueba capital en el imbécil nuevo sistema acusatorio que nos han recetado.

Mientras tanto, los políticos han descubierto las ventajas de la tecnología. El más célebre caso reciente es el de la legisladora y candidata veracruzana recibiendo lana para  Andrés Manuel. Primero un video incriminatorio, que por alguna razón llega a un periódico que lo difunde. Luego otro por el mismo conducto, y más tarde una tercera grabación con nombres y apellidos, de los que estaban atrás del cochupo.

Éste es solamente un ejemplo. Hemos visto y escuchado las grabaciones de personas que dan y personas que reciben, de ligas de hule que atrapan y bolsas de papel que alojan cientos de miles de pesos —¿dólares?— y cambian de manos. Está grabado. Por lo mismo, todos damos por hecho lo visto y lo oído. Especialmente si está en las redes.Yo no meto la mano al fuego por nadie, mucho menos por la señora Eva o sus patrocinadores.

Lo único que quiero, aquí y ahora, dejar muy claro —especialmente para mi vieja— es que si te vienen a contar cositas malas de mí, manda a todos a volar.

Aunque haya video grabado.

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