No te engañes, corazón
México tiene más de veinte años de no poder despedirse del ominoso dos por ciento de crecimiento, lo cual para una economía emergente de un país pobre
no solamente es muy bajo.
La noticia de los estimados del Banco de México, primer indicio de las consecuencias de la salida de Agustín Carstens de esa importante institución, cayó como un balde de agua helada que seguirá persistentemente inundando el verde valle de nuestras esperanzas de recuperación financiera. No es que las capacidades del docto señor sean tan descomunales como para evitar el diluvio que viene, simplemente el próximo director general del Banco Mundial de pagos dedicó sus esfuerzos mediáticos a disminuir la importancia negativa de los fenómenos económicos mundiales para el devenir de México. La semana pasada, los mismos especialistas del mismo equipo del señor Carstens, luego de tocar base con los mismos analistas con los que lo hacen cada mes para ponerle números a la casa del crecimiento de nuestra economía, llegaron a la conclusión de que el PIB de México ha de crecer en el 2017 a 1.6 por ciento.
Esos mismos pronosticadores habían puesto la cifra en 1.72 por ciento el pasado noviembre. El año pasado en diciembre, decían que el Producto Interno Bruto crecería en 2017 al 3.29 por ciento: casi el doble de lo que anuncian ahora.
México tiene más de veinte años de no poder despedirse del ominoso dos por ciento de crecimiento, lo cual para una economía emergente de un país pobre no solamente es muy bajo; el haberse mantenido tanto tiempo en esta cifra paupérrima equivale a algo peor que un estancamiento: un desarrollo negativo. En eso tiene mucho que ver el índice de la inflación. Los expertos anticipaban hace un mes que la inflación sería el año que viene del 4.01 por ciento. El viernes anunciaron que no, que será de 4.13 por ciento.
La función principal del Banco de México es proteger al peso: la única manera en que se puede lograr eso es conteniendo la inflación. Por lo mismo, el pronóstico permanente de nuestro banco central se aferra a una inflación de tres por ciento, con una variación de un punto hacia arriba o hacia abajo. Lo que dicen los expertos es que la inflación en el 2017 estará encima el tope máximo del vaticinio oficial. La “buena” noticia es que en 2018 la cifra ominosa podría bajar a 3.59 puntos porcentuales.
No hay de qué sorprenderse ni es necesario echarle la culpa al arribo de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos. Con la señora Clinton tendríamos el mismo resultado, puesto que México sigue —y seguirá— dependiendo de sus ingresos petroleros como fuente importantísima de sus finanzas públicas, la calidad del crudo que exporta sigue siendo ínfima, su costo de refinación se mantiene alto y el precio del crudo en el mercado internacional se mantiene a la mitad de lo que solíamos recibir en los tiempos en que había que administrar la riqueza, como pasó a la historia por decirlo José López Portillo.
Que no se nos olvide que la cacareada Reforma Energética comenzará a rendir sus frutos a partir del primero de enero. Yo cambiaría eso de rendir frutos por un fraseo mejor: comenzará a tener sus consecuencias. Que no se nos olvide que México importa, mayormente de los Estados Unidos, el 62% de la gasolina que consume. El empeño por poner a México en la línea de las economías modernas, y a Pemex a la altura de las compañías petroleras de alta tecnología y administración efectiva se traduce en una simple apertura para que particulares puedan importar combustibles. En el papel eso se ve de maravilla. Como sucedió con las telecomunicaciones, la competencia en el mercado libre llevaría en automático a la reducción de los precios al consumo.
Pero en el caso de los combustibles el patrón no se repite, porque el producto se importa a precios crecientes de mercado y los nuevos mercaderes de gasolina van a tener que seguir usando los mismos ductos, los mismos tanques, las mismas bombas expendedoras que son el monopolio en extinción. Las consecuencias son obvias y ya se han hecho públicas: el precio liberado de las gasolinas se elevará el primer día del año alrededor de veinte por ciento. Un gasolinazo sin precedentes.
No te engañes, corazón. Piénsalo bien antes de decir, en estos días, feliz año nuevo.
