Del estado de Anáhuac a la CDMX

Desde mediados de la década de los setenta, la izquierda presentó una iniciativa, a través del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) para que se convirtiera el Distrito Federal en un estado federativo con el nombre de estado de Anáhuac. El gran político liberal Jesús Reyes Heroles escuchó el planteamiento como parte de la gran consulta popular que se hizo para consolidar una reforma política nacional.

Lamentablemente no prosperó la propuesta de la oposición, pero se avanzó en nuestra democracia con el registro del Partido Comunista Mexicano y la creación de los legisladores plurinominales para dar tribuna a corrientes políticas distintas del partido en el poder.

Cuarenta años después, la sensibilidad política y visión de Estado del presidente Enrique Peña Nieto y del jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, materializa ese viejo anhelo al decretarse la Reforma Política para la Ciudad de México. Momento histórico para los capitalinos, ya que desde 1928 en que fueron escatimados sus derechos políticos, pero hoy recobran su estatus de ciudadanos plenos con una entidad soberana y autónoma, y reafirma su calidad de ciudad capital, capital de la República Mexicana. La Reforma Política permite una refundación política y social de lo que antiguamente se denominó Distrito Federal.

Tal y como lo precisó el mandatario Peña Nieto, este acto de gobierno permite fortalecer el federalismo, la democracia y la pluralidad política; es un triunfo de los habitantes de la Cuidad de México, quienes logran su autonomía para definir un régimen interior y reafirmarse como capital y corazón de nuestro país, así como sede de los Poderes de la Unión. Miguel Ángel Mancera reiteró que este logro político y jurídico refrenda las garantías, derechos y obligaciones de los capitalinos. Más aún, el jefe de Gobierno resaltó la importancia que tendrá la Asamblea Constituyente que le dará a la Ciudad de México una constitución local.

Efectivamente, si bien es cierto que México escenificó la primera revolución social del siglo XX, hoy está por protagonizar un nuevo capítulo histórico al materializar una constitución para la capital de la República, acorde con el siglo XXI, y ello puede ser el preámbulo para que la República Mexicana cuente con una nueva constitución que sustituya a nuestra casi centenaria Carta Magna. El camino es largo por recorrer y habrá muchos obstáculos, críticas y denostaciones, pero el primer paso ya fue dado.

Para los ortodoxos no seremos propiamente el estado 32, pero sí nos asumimos plenamente como la entidad federativa 32 y las autoridades locales definirán de manera autónoma su régimen interior sin la tutela del Ejecutivo federal. El jefe de Gobierno designará directamente al secretario de Seguridad Pública y al procurador capitalino, con lo que realmente se consolida el Mando Único Policial. Los capitalinos no perdemos prerrogativas, pero sí tendremos mayores instrumentos de participación en las decisiones políticas de nuestra entidad y refrendaremos nuestro marco de libertades y respeto a nuestros derechos. Contaremos con un nuevo andamiaje jurídico y político que redefinirá nuestro rumbo económico y social. El experimentado político Porfirio Muñoz Ledo reconoce que la promulgación de la Reforma Política es ya en sí una batalla ganada después de muchos años de negociación y que la nueva constitución de la Ciudad de México debe recoger los avances en materia de derechos humanos, sociales y políticos, y evitar la regresión en esas materias. Los capitalinos, cualquiera que sea nuestro gentilicio, no sólo ganamos con el cambio de nombre, sino que gozaremos de beneficios que hasta hoy eran exclusivos de los estados.

En cuanto a las delegaciones, si bien no se denominarán municipios, sí tendremos alcaldes en demarcaciones territoriales con un contrapeso que evitará el poder omnipotente  de los nuevos ediles: los concejales; estructura plural que sancionará presupuestos y políticas públicas.

La Reforma Política avanza a pesar de las críticas y es resultado de un diálogo maduro y constructivo que supera las diferencias ideológicas y el entorno de muchos.

El Congreso constituyente trabajará denodadamente  para darnos una nueva ley suprema local que consolide nuestra democracia. Adiós Distrito Federal, hola Ciudad de México.

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