Suicidio infantil: crisis silenciosa

No, querido lector, no se trata de una estadística más para archivar en el cajón burocracia o de la indiferencia. Lo que nos presenta Save the Children en su diagnóstico “Salud mental de niñas, niños y adolescentes en méxico: evidencia y áreas prioritarias” es el espejo de un Estado que está fallando en proteger el presente para tener un futuro próspero y en paz.

En 2024, casi 145 mil niñas, niños y adolescentes buscaron atención profesional por salud mental. Imagine usted la fila de estadios llenos de menores que no pueden con la angustia, que no encuentran salida a su tristeza o que su conducta es un grito de auxilio que no sabemos interpretar. Ocho de cada diez de estas consultas están relacionadas con ansiedad, depresión y trastornos de conducta. ¿En qué momento permitimos que nuestra niñez se llenara de miedos antes que de sueños?

Pero hay un dato que nos debería quitar el sueño a todos, especialmente a las autoridades y a quienes toman las decisiones desde la comodidad de un escritorio. Las muertes por suicidio en niñas de 10 a 14 años casi se duplicaron en la última década. Hoy, en ese rango de edad, las niñas se quitan la vida más que los niños. Es una tragedia silenciosa que avanza a un ritmo alarmante mientras la tasa nacional de suicidio adolescente se ha duplicado en los últimos veinte años. ¿Qué le estamos diciendo una niña de 11 años para que considere que ya no vale la pena estar aquí? ¿En qué sociedad o tipo de país vive que prefiera morir?

El informe es una bofetada a la indiferencia. Nos dice que el entorno es el que está rompiendo a los menores. Tras la pandemia, el aislamiento social se convirtió en un veneno que no hemos sabido purgar. A esto súmele el uso problemático de tecnologías, el acoso escolar que no da tregua y la violencia que, como una mancha de aceite, se extiende desde la casa hasta la calle. La pobreza y las experiencias adversas; las desapariciones, secuestros, violaciones o acoso en la infancia están configurando un escenario donde ser niño es, por sí mismo, un factor de riesgo.

Y como siempre ocurre en este México de desigualdades profundas, el código postal determina quién vive y quién sufre. Más de la mitad de las atenciones en salud mental infantil se concentran en apenas cinco entidades (Ciudad de México, Estado de México, Guanajuato, Tabasco y Guerrero) y el resto del país parece estar en un desierto de atención donde, se estima, entre ocho y nueve de cada 10 menores que necesitan apoyo profesional simplemente no lo reciben.

Hablemos de prioridades. Se dice mucho en los discursos que “los niños son lo primero”, pero el presupuesto cuenta otra historia. ¿Sabe usted cuántos paidopsiquiatras hay en México? Apenas 0.96 por cada 100 mil menores. Menos de uno. Es una burla.

No se puede hablar de salud mental sin inversión real, sin especialistas y sin una estrategia que deje de ver el problema como algo que sólo se resuelve en un hospital cuando ya es demasiado tarde. El diagnóstico de Save the Children nos urge a cambiar la jugada. La escuela no puede seguir siendo solo el lugar donde se aprenden matemáticas; debe ser el primer filtro de detección temprana, un entorno protector donde el maestro sepa identificar cuando un alumno se está apagando.

Y la familia, ese amortiguador principal, necesita herramientas, apoyos y accesos expeditos y de calidad a servicios de salud, no sólo regaños o silencios. Si las familias colapsan bajo el peso de la violencia y la falta de recursos, el sistema entero se viene abajo. La salud mental es un derecho humano fundamental, no un privilegio de quien puede pagar una terapia privada. Ignorar la evidencia que hoy tenemos sobre la mesa es permitir que las trayectorias de vida de millones de niñas y niños se trunquen antes de empezar. Es una negligencia colectiva que nos va a costar cara como nación.

Llegamos a este punto porque hemos preferido mirar hacia otro lado. El reto es inmenso, pero el costo de no actuar es, literalmente, la vida de nuestros hijos. El diagnóstico está ahí, los datos están gritando. ¿Vamos a seguir esperando a que la estadística siga creciendo o vamos a entender que la salud mental es el cimiento de cualquier transformación real? Porque si no cuidamos la mente y el corazón de quienes heredarán este país, no habrá piso ni segundo piso que alcance para sostenernos. Es momento de actuar, no de seguir imprimiendo folletos.