Estupor
Sabíamos que el arranque del nuevo gobierno nos llevaría a escenarios nunca antes vistos. Pero nada nos preparó para las imágenes que atestiguamos el viernes. Me refiero a las imágenes que precedieron a la explosión de la toma clandestina en Tlahuelilpan, Hidalgo, ...

Fabiola Guarneros Saavedra
Mensaje directo
Sabíamos que el arranque del nuevo gobierno nos llevaría a escenarios nunca antes vistos. Pero nada nos preparó para las imágenes que atestiguamos el viernes.
Me refiero a las imágenes que precedieron a la explosión de la toma clandestina en Tlahuelilpan, Hidalgo, cuando de la tierra pareció brotar un géiser de combustible, al que llegaron decenas de personas ávidas de recolectar cuantos litros se pudiera, en el recipiente que se tuviera a la mano.
Fue el origen del estallido que en unos segundos cobró vidas de la forma más horrenda posible. Pero lo que aconteció antes demuestra que la tragedia ya estaba ahí.
La semana pasada repasamos en datos duros lo que es el huachicoleo. No importa de cuántas cifras se hable: ninguna es tan escalofriante como los videos que muestran el peregrinar de pobladores con cubetas, garrafones, bidones o vasos, con la expectativa de beneficiarse de aquel inesperado manantial. Aunque fuera con unas gotas.
Ver esas imágenes paraliza, antes de provocar una mezcla de sensaciones encontradas. El estupor que precede a la incredulidad y luego al enojo y luego a la tristeza y luego a la frustración y luego al luto.
Porque ninguna ofensiva, por espectacular que sea, ni el más sofisticado de los operativos de vigilancia, ni cualquier otra táctica de ataque puede hacer algo mientras una comunidad vea ese chorro disparado desde la tierra como la fuente de algún tipo de bienestar.
Porque los vimos llegar ahí, no sólo en la más total inconsciencia de la letalidad de ese compuesto altamente inflamable. También en la más total inconsciencia de lo que ese acto delictivo significaba. Y en ambos sentidos, también, fue evidente una total inconsciencia del riesgo que incluso implicaba llevar niños ahí.
De ese ducto brotó algo más que gasolina. Ahí está, a flor de tierra, la cultura de la ilegalidad que no se asume como tal.
Porque, si alguna reflexión debiera surgir de este episodio desgraciado, lo primero que tendríamos que preguntarnos es en qué momento dejamos que esto pasara y por qué no lo detuvimos antes.
Advertencias sobraban. Para muestra, el mismo viernes, cuando las páginas de este diario dieron cuenta del recorrido que hizo el equipo de Imagen Noticias, con Ciro Gómez Leyva, en el que documentaron la persistencia del robo de combustible. Justo ahí, en Hidalgo, donde horas después el fuego nos hizo pasar del estupor al dolor.
Ya sabíamos que la delincuencia organizada, animada por la impunidad, podría seguir desafiando la ofensiva declarada por el Gobierno Federal contra el huachicoleo.
Pero una cosa son los criminales que buscan burlar los operativos de seguridad y, otra, las decenas de ciudadanos que seguramente se ganan el sustento de otra forma, pero que en esta ocasión estiraron la mano para ver cuánto podían llevarse de ese chorro ilícito, sin importarles la presencia de elementos federales que ya habían llegado a la escena.
(Por cierto, veo encendidas reacciones furibundas por el hecho de que estos efectivos no hicieran nada para detener esta inédita forma de saqueo. A reserva de esperar una explicación más detallada de las autoridades, quisiera pensar que su no intervención fue resultado de una calculada prudencia, que no necesariamente es mala consejera).
Una vez que pase el estupor y su secuela de reacciones emocionales, es indispensable volver a la serenidad para reflexionar con más profundidad y dar los pasos adelante que se requieran.
Porque sí, ni modo, hay que decirlo con todas sus letras: el huachicoleo es una cultura. No es una anomalía, sino una lamentable normalidad. Pero no podemos permitir que siga así. No más.
Todos tenemos que trabajar para que nadie, nunca más, aspire, ya sea por necesidad o por inconsciencia, a tomar provecho de una sola gota de combustible robado. Que el próximo géiser de huachicol sea simplemente reportado como se reporta una fuga de agua, para que llegue alguien a repararlo y se acabó.
Esta lacra ya cobró vidas humanas. ¿Acaso necesitamos esperar algo más?
Twitter: @Fabiguarneros