Yesenia, Yoselín, Karla, Roy, Mario Ángel, Blanca Vianney y Nelson son nombres de desaparecidos, tienen rostro, historias truncadas, familias con sillas vacías en la mesa y madres que no han dejado de rascar la tierra. Detrás de los números y las cifras hay seres humanos, ausencias dolorosas y familias rotas que no encuentran consuelo en la frialdad de las estadísticas ni en los boletines oficiales.
La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), encabezada por el obispo Ramón Castro Castro, entregó al papa León XIV el libro Un nombre, mil voces, un volumen de más de 200 páginas que reúne mil 500 fichas de personas desaparecidas en nuestro país. La intención de los prelados fue ponerle rostro al dolor e impedir que la crisis humanitaria quede sepultada en la burocracia de los conteos institucionales.
El origen del documento surgió de una pregunta hecha por el cardenal Pietro Parolin en su reciente visita a México y que interpela al Estado: “¿Quiénes son las víctimas de toda esta violencia?”. Para responder, la Iglesia católica convocó a colectivos de madres buscadoras de Guanajuato, Jalisco, Coahuila, Colima, Sinaloa, Veracruz, Morelos, Quintana Roo, Michoacán, Nuevo León y otros estados; sin filtros ni tijera burocrática se ordenaron las fichas enviadas por familias que buscan a los suyos. Con esos mil 500 rostros se diseñó la portada: las siluetas de un hombre y una mujer compuestas por miles de fotografías. Un mosaico del dolor nacional.
La respuesta del gobierno federal llegó el pasado miércoles, cuando la Secretaría de Gobernación presentó sus propios datos. Anunció que, mediante la Estrategia Nacional de Búsqueda, en los últimos meses se han localizado a más de 16 mil personas. Presumió, además, la integración de un grupo de ocho expertos nacionales e internacionales que, de la mano de la ONU, revisará las metodologías del registro oficial. Prometió también que, a más tardar a finales de este mes, las 32 entidades deberán instalar un centro de mando para coordinarse con el Centro de Mando Nacional.
El contraste entre ambos mensajes resulta ineludible. Mientras la jerarquía católica lleva al extranjero un álbum de fotos familiares marcadas por la ausencia, el aparato gubernamental responde con comités técnicos, metodologías, anuncios de coordinación e indicadores de gestión.
La Secretaría de Gobernación se concentró, incluso, en el detalle de las mil 214 personas localizadas con vida por la Comisión Nacional de Búsqueda (CNB): mil 40 admitieron que se ausentaron o desaparecieron por voluntad propia; 71 por consumo de sustancias ilegales; 19 por violencia familiar; 19 por detención de alguna autoridad; 19 por problemas de salud física o mental; 17 por privación de la libertad al encontrarse detenidas; 15 por sustracción de familiares, y 14 por haber sufrido un accidente.
El desglose gubernamental parece sugerir que la mayoría de los casos reportados se resuelven bajo el argumento del retiro voluntario o el conflicto personal. Sin embargo, en las primeras páginas del libro entregado al pontífice se lee una afirmación que rebate la lógica de los promedios oficiales: “Nos gustaría decir que este documento da cuenta de un episodio prolongado de la vida de un pueblo anestesiado de tanta violencia. Pero no. Si fuera un episodio, esta historia habría terminado”. Y la historia no ha terminado. De acuerdo con los datos de la propia Secretaría de Gobernación, en México se contabilizan oficialmente 135 mil 48 personas desaparecidas y no localizadas. Basta con recorrer la Glorieta de las y los Desaparecidos en Paseo de la Reforma o los tenderos con miles de fotos colocados en diversas plazas públicas del país.
Existen sectores que cuestionan los pronunciamientos de los obispos sobre asuntos públicos y les piden regresar a las sacristías. El propio Ramón Castro abordó esa postura desde el púlpito de la Catedral de Cuernavaca al señalar que la atención al sufrimiento social no es una concesión ni un cálculo político, sino una responsabilidad ética derivada del Evangelio.
Más allá del debate sobre el papel de la Iglesia en la vida pública, Un nombre, mil voces deja al descubierto la distancia entre las métricas de la burocracia y la vivencia en los territorios. Mientras las autoridades estructuran comités y tableros de control, los colectivos de madres continuarán recorriendo predios y fosas con palas en mano.
“¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?”. Esa pregunta, sembrada por el colectivo Técnicas Rudas, Narrativas y Memorias de la Desaparición en México, me sigue retumbando en la cabeza. Esa historia también de desaparecidos la puedes leer en mi Mensaje Directo titulado Hasta encontrarles, en la edición de Excélsior del 6 de julio de 2025.
