Deserciones
Cada vez que un estudiante abandona la escuela, el país desaprovecha talento, energía, capacidad de innovación y oportunidades de desarrollo. Pero lo más importante es que se pierde la esperanza. México no puede darse el lujo de que la educación deje de ser el motor ...

Fabiola Guarneros Saavedra
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Cada vez que un estudiante abandona la escuela, el país desaprovecha talento, energía, capacidad de innovación y oportunidades de desarrollo. Pero lo más importante es que se pierde la esperanza.
México no puede darse el lujo de que la educación deje de ser el motor que alimente la expectativa de un futuro mejor, en lo individual y en el conjunto de la nación. Sin progreso, el aprendizaje no es más que trámite ocioso, pérdida de tiempo y, lo peor, tentación para que aquella riqueza que se anhela se obtenga de manera fácil, es decir, ilícita.
El pasado jueves, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) puso el acento en uno de los problemas que pasan inadvertidos en medio de los jaloneos que ha supuesto la accidentada aplicación de la Reforma Educativa: la deserción de los estudiantes durante la secundaria.
Montserrat Gomendio, directora adjunta de Educación y Competencias de la OCDE, expuso las circunstancias que estimulan a los jóvenes a interrumpir su preparación. Una de ellas es la facilidad con la que pueden conseguir empleo sin necesidad de continuar la preparatoria, aun cuando éste sea en la informalidad o con un salario bajo. Y, sobre todo, se desaniman al ver que quienes concluyen el bachillerato o la licenciatura no logran un empleo digno (Excélsior, 2/X/2015).
Para la especialista, la situación de México es atípica: en la mayor parte de naciones, la llamada empleabilidad mejora en la medida que los estudiantes aumentan su nivel educativo. Pero en nuestro país, explicó, quienes abandonan la secundaria logran elevados niveles de empleo (así sea de baja calidad), pero quienes terminan su carrera no obtienen fácilmente un trabajo bien pagado.
Una explicación del fenómeno es la ya conocida desconexión entre los conocimientos que se imparten en las instituciones educativas y las necesidades del mercado laboral. Los estudiantes, según Gomendio, “perciben que el comportamiento y las competencias que están adquiriendo no les son útiles para el futuro”.
Sin desdeñar la explicación estrictamente pedagógica de este fenómeno, lo que veo es una incapacidad general de nuestra sociedad de darle a la educación el sentido que en su momento animó a nuestros padres y abuelos: ser un medio legítimo de movilidad social, en el que la obtención de conocimiento iba aparejada con una remuneración digna de ese esfuerzo.
Es muy triste que la incertidumbre laboral desaliente a los jóvenes a estudiar la preparatoria y a emprender una formación universitaria. Sobre todo porque, como país, nos estamos conformando con la inmediatez. Podemos mejorar las estadísticas del empleo con chicos que temporalmente se libren de ser calificados como ninis. Pero, ¿a qué futuro puede aspirar un país cuyo capital humano en formación se conforma con salarios bajos que no lo catapultan al futuro, sino que apenas le sirven para sobrellevar el gasto cotidiano?
Y esto, pensando lo más positivamente posible, cuando nos referimos a chicos responsables que orillados por la necesidad dejan las aulas e ingresan a la dinámica laboral para disminuir las carencias de su entorno más inmediato, el familiar. No sabemos, en realidad, cuánto de ese capital se dilapide en las distracciones propias de la edad o en vicios.
Duele, además, que desde un organismo internacional como la OCDE se subraye que esta peculiaridad es propia de la realidad mexicana. En otro contexto, deberíamos estar escandalizados de que un sector de la sociedad mexicana trunque sus estudios simplemente porque no les vea sentido. Que su mayor horizonte existencial sea procurarse el alimento diario y algún otro bien adicional. Que no existan empleos dignos que representen la recompensa natural y obvia al esfuerzo de procesar conocimientos, que es, no lo olvidemos, otra forma de cultivar el espíritu.
Ni un pupitre vacío más. Ésa debe ser la tarea de una sociedad obligada a garantizar, a generaciones enteras, esperanza y certidumbre.
Twitter: @Fabiguarneros