Lecciones
En casa, con la familia, sembramos las semillas de lo que será nuestra sociedad. Ahí es donde aprendemos a respetar, a ser honestos, a ser solidarios.

Fabiola Guarneros Saavedra
Mensaje directo
Dicen que los viajes ilustran, y así es. En el viaje que hice a Cuba para cubrir las actividades del papa Francisco —enviada por Grupo Imagen Multimedia, al que pertenece Excélsior—, aprendí varias lecciones que quisiera compartir con usted, querido lector.
La primera: entender a Jorge Mario Bergoglio en su doble responsabilidad como pastor de la Iglesia católica que lleva un mensaje de paz, reconciliación y misericordia, y como líder político que intenta que las naciones en conflicto privilegien el diálogo para solucionar sus problemas internos y con el exterior.
El papa Francisco, como pastor, pronunció una homilía en Santiago de Cuba sobre la familia, que me hizo reflexionar como ciudadana y, sobre todo, en el papel que juego dentro de mi propia familia: madre e hija.
Habló de la importancia de construir esos espacios en casa para estar con la familia, para compartir la cena, el día, las alegrías, las tristezas, los valores y los sueños.
“Es en casa donde aprendemos la fraternidad, la solidaridad, el no ser avasalladores (…) donde experimentamos el perdón. En casa no hay lugar para las caretas, somos lo que somos…”.
Y sí es cierto, en casa, con la familia, sembramos las semillas de lo que será nuestra sociedad. Ahí es donde aprendemos a respetar, a ser honestos, a ser solidarios y buenos ciudadanos, responsables con nuestros valores cívicos. Pero también hay hogares en los que se vive y aprende la violencia, el robo, el engaño, la corrupción y la falta de respeto.
En otras casas ni siquiera hay momentos familiares, hay soledad, indiferencia. Dice el Papa que son los momentos vacíos: “Poco a poco todo lleva a separarse, aislarse. Entonces, no se sabe esperar, no se sabe pedir permiso ni perdón ni decir gracias, porque la casa va quedando vacía”.
Segunda lección: La familia puede protegernos de dos fenómenos actuales, dijo el Papa: “la fragmentación (la división) y la masificación. En ambos casos, las personas se transforman en individuos aislados, fáciles de manipular y de gobernar. Sociedades divididas, rotas, separadas o altamente masificadas son consecuencia de la ruptura de los lazos familiares”.
Si leemos esas palabras con detenimiento y con ganas de entenderlas, en verdad que Francisco tiene mucha razón.
Y permítame usted reproducirle otro fragmento de esa homilía sobre la familia: “Es cierto, no existe la familia perfecta, no existen esposos perfectos, padres perfectos ni hijos perfectos, y si no se enojan (bromeó con sus fieles) ni las suegras perfectas, pero eso no impide que no sean la respuesta de mañana”.
Yo me pregunto: ¿Qué estamos haciendo en casa, en la familia, para evitar que la violencia, la corrupción, la ilegalidad y la falta de respeto por los mayores, los maestros, las autoridades e instituciones siga enquistándose en nuestra sociedad?
En casa, nuestra familia es la que forma a los ciudadanos, a los empresarios, a los maestros, a los médicos, a los contadores, a los legisladores, gobernantes, policías y a muchos más. Y en este punto quiero dejar claro que estoy hablando de formación, de valores, de responsabilidad, de compromiso, no de conocimientos propios de la academia y los salones de clase.
Pero también forma a esos jóvenes que no tienen respeto por nada ni por nadie, que son golpeadores, que roban, matan, se convierten en sicarios, narcomenudistas, secuestradores, narcotraficantes, que prostituyen y se prostituyen, que vandalizan y cometen toda clase de agravios.
A la familia y al gobierno les toca construir mejores sociedades, más justas, con mejor calidad de vida, con empleo, sin violencia, crimen ni narcotráfico.
Tercera lección: Bergoglio también pidió cuidar de dos sectores de la población que son parte de nuestra familia y que hoy hemos hecho a un lado por vivir tan de prisa, tan en lo inmediato, tan en la tecnología, tan en el “tiempo real”. Y esos dos sectores no caminan con esa velocidad: los ancianos y los niños.
“Mirando hacia atrás hay memoria, memoria de aquellos que nos fueron trayendo a la vida y, en especial, memoria a los abuelos. Y mirando hacia delante están los jóvenes y los niños. Un pueblo que cuida a sus abuelos, chicos y jóvenes tiene su triunfo asegurado”.
Misericordia y reconciliación son dos palabras que quiere sembrar Francisco y que no estorban, al contrario, nos hacen mucha falta en estos días, en los que aún exigimos justicia por los desaparecidos, por las víctimas de la violencia, del hambre y la desigualdad social.
Se dice que la familia es la base de la sociedad, pues hay que revisar cómo anda la nuestra.
Twitter: @Fabiguarneros