Violencia e incertidumbre en Tierra Santa

Israel se encuentra descolocado debido, sobre todo, a la polarización extrema de su población, a raíz de la fuerte oposición que ha despertado el intento de reforma judicial emprendido por el actual gobierno encabezado por el premier Netanyahu.

Se anuncia que en Beijing acaban de reunirse los cancilleres de Arabia Saudita e Irán en el primer encuentro oficial de dos funcionarios de alto rango de ambos países en más de siete años. Lo cual apunta a la restauración de relaciones formales entre ellos a fin de desactivar el añejo conflicto que ha prevalecido por décadas entre el mundo musulmán sunnita y el chiita.

Mientras tanto, y en contraste, en otras partes del Oriente Medio las tensiones escalan alarmantemente. Sobre todo en estos últimos días, en medio de las celebraciones del Ramadán musulmán y el Pésaj o Pascua judía, los estallidos de violencia ocurridos en la ciudad de Jerusalén, en las fronteras de Israel colindantes con Líbano y Gaza, y en las cercanías de la ciudad de Jericó, presagian tiempos de furia y venganza en esa región. Se temía que este año la coincidencia en el calendario del Ramadán y el Pésaj podía propiciar una exaltación de los ánimos religiosos acompañada de acciones violentas, y por desgracia, así está siendo.

En tan sólo poco más de 48 horas la situación de hostilidad entre las partes parece indicar que las cosas se están saliendo de control. Hubo choques graves entre las fuerzas policíacas israelíes y fieles musulmanes dentro y fuera de la mezquita de Al-Aksa en el Monte del Templo en Jerusalén, con un saldo de decenas de heridos y el arresto de 350 de los jóvenes palestinos que participaron en las reyertas. A ello se sumaron disturbios en ciudades con población árabe y lanzamientos de cerca de 50 cohetes a Israel desde Gaza y Líbano, con los consecuentes contrataques de parte de la aviación israelí hacia los sitios de donde se dispararon los proyectiles. La situación empeoró más aún ayer por la mañana con un atentado perpetrado por un terrorista palestino contra un automóvil que viajaba por un camino cercano a Jericó, acto que cobró la vida de dos de las pasajeras, hermanas ellas.

La avalancha de hechos violentos de los tres últimos días no es sino la punta del iceberg de un conflicto añejo que por temporadas ha sido contenido, pero que ahora se está exacerbando. La falta de solución a la cuestión palestina y la retórica agresiva sustentada por altos funcionarios del actual gobierno israelí de ultraderecha nacionalista y religiosa, están siendo un combustible especialmente eficaz para intensificar las tensiones hasta extremos cada vez más peligrosos.

En diversos medios de prensa israelíes se comenta que en esta coyuntura específica el país se encuentra descolocado debido, sobre todo, a la polarización extrema de su población, a raíz de la fuerte oposición que ha despertado el intento de reforma judicial emprendido por el actual gobierno encabezado por el premier Netanyahu. Más de la mitad de la ciudadanía israelí ha rechazado enérgicamente tal reforma a la que con razón acusa de pretender anular el contrapeso ejercido por la Suprema Corte, lo cual significaría un verdadero golpe de Estado tendiente a acabar con la democracia.

En ese contexto de tanta agitación, se respira en el ambiente la desconfianza popular israelí acerca de las capacidades de gobernanza de la actual coalición de ultraderecha que, con sus actos y dichos especialmente agresivos y radicales, parece funcionar más como fuerza provocadora de crecientes espirales de violencia, que como entidad racional capaz de calibrar con inteligencia, lógica y mesura, los escenarios posibles consecuentes a cada decisión. En otras palabras, ha crecido la incertidumbre acerca de la capacidad de los liderazgos políticos hoy al mando de enfrentar con éxito los desafíos a su seguridad nacional.

No cabe duda que el resbalón que tuvo el premier Netanyahu al despedir hace casi dos semanas a su ministro de Defensa, Yoav Galant, por el pecado de haberse atrevido a anunciar públicamente que había que detener la reforma judicial en curso por los riesgos que implicaba para el funcionamiento adecuado de las fuerzas armadas, tiene un papel en este cuadro de incertidumbre y desconfianza. Y es que Galant fue despedido, pero su cese no ha sido oficial aún. De tal manera que continúa en su puesto en esta coyuntura marcada por la espiral de violencia que hemos comentado, pero en condiciones de fragilidad por el antagonismo que ha despertado entre sus compañeros de coalición al haber fungido como el detonante de una posposición de la reforma judicial a la que tanto apoyan Netanyahu y el resto de su coalición de gobierno. En esas condiciones, el temor a una conflagración mayor se acentúa, desgraciadamente.

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