Regresan festejos navideños a Belén
La ciudad de Belén, de tanto significado para la cristiandad, cuenta tan sólo el día de hoy con un 40% de población cristiana —el resto es musulmana—, pero, aun así, sigue siendo destino de fervorosos viajeros desde todas partes del mundo en razón del simbolismo que encarna al ser el sitio donde nació Jesús.
La situación de la población cristiana en el Oriente Medio ha empeorado a pasos agigantados en los últimos 30 años. La oleada del fundamentalismo islámico excluyente, manifiesta en incendios de iglesias y en actos de hostilidad y violencia extrema contra las comunidades cristianas, ha obligado a millones a huir en busca de seguridad y de espacios en los que puedan ejercer con libertad su credo religioso. Irak, Egipto, Líbano y Palestina, territorios cuna de la civilización cristiana, han dejado de ser hospitalarios para sus fieles. La ciudad de Belén, de tanto significado para la cristiandad, cuenta tan sólo el día de hoy con un 40% de población cristiana —el resto es musulmana—, pero, aun así, sigue siendo destino de fervorosos viajeros desde todas partes del mundo en razón del simbolismo que encarna al ser el sitio donde nació Jesús.
Después de las dos navidades tristes y desangeladas vividas en pandemia, cuando el confinamiento obligado y el cierre de fronteras paralizó la vida en el planeta y frustró las usuales peregrinaciones cristianas, la ciudad palestina de Belén ha recuperado ahora el espíritu festivo que le ha sido tradicional en estas fechas. Grupos de turistas abarrotan las calles, mientras los hoteles registran ocupación total.
En los alrededores de la Iglesia de la Natividad, construida sobre el lugar en el que la tradición cristiana ubica el nacimiento de Jesús, el barullo de lenguas de los cinco continentes da fe de la extensión y magnitud del fervor que despierta esta fecha. Un gigantesco árbol de Navidad iluminado luce en la Plaza del Pesebre, luego de haber sido encendido en una ceremonia pública el 3 de diciembre pasado con la presencia del representante del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas, el alcalde de Belén y otros altos funcionarios llegados desde Ramala y clérigos pertenecientes a distintas ramas del cristianismo. A partir de ese momento que marcó el inicio de los festejos navideños, las tiendas se han visto pletóricas de compradores de recuerdos con motivos religiosos.
Localizada Belén en Cisjordania, a sólo unos cuantos kilómetros de Jerusalén, sus habitantes ven en estas fechas la oportunidad de superar los daños económicos que la falta de visitantes infligió a sus bolsillos los dos años de pandemia. Ahora, a pesar de que la violencia israelí-palestina a lo largo del año ha aumentado comparativamente con el pasado, el entusiasmo ha sido lo suficientemente intenso como para dejar de lado ese factor y volcarse a las celebraciones con confianza. Las altas cifras de víctimas de la violencia —31 israelíes y 150 palestinos murieron durante 2022 en diversos enfrentamientos y atentados— no se habían registrado desde 2006 y, sin embargo, prevaleció la voluntad de acudir a festejar, rezar y empaparse del espíritu de fraternidad que caracteriza a las últimas semanas del año.
El arribo de 120 mil turistas cristianos ha sido vía Israel, ya que los palestinos no cuentan con un aeropuerto. Es así que cientos de autobuses trasladan a los viajeros desde Jerusalén a Belén en operativos organizados en conjunto por las autoridades de ambas ciudades. A pesar de las diferencias políticas, los resentimientos mutuos y la casi moribunda esperanza de que el conflicto entre israelíes y palestinos se solucione y éstos puedan conseguir un Estado independiente, la colaboración en estos días para que la cita decembrina en Belén se realice con éxito da cuenta de que la vecindad geográfica y los intereses compartidos obligan a una cooperación de la cual ambas partes son beneficiarias.
Al ser el Oriente Medio una región caracterizada por interminables conflictos interétnicos e interreligiosos, la época de las fiestas navideñas en Belén constituye, sin duda, un paréntesis de concordia, un tiempo privilegiado en el que se vive una breve, pero muy bienvenida tregua. Cristianos, judíos y musulmanes dejan momentáneamente sus divergencias en ese peculiar microcosmos para colaborar a fin de que la celebración sea, en efecto, una muestra de que la fraternidad también es posible.
