Protesta ciudadana israelí gana importante batalla
El proyecto de reforma judicial tenía el propósito de anular de facto el poder de la Suprema Corte de Justicia a fin de que el premier Netanyahu y la bancada que lo acompaña en el gobierno estuvieran en posibilidad de aprobar lo que les viniera en gana.
Lo que ha ocurrido en Israel en las últimas semanas ha sido una verdadera epopeya que consiguió, luego de tres meses consecutivos de tumultuosas manifestaciones ciudadanas, acompañadas de huelgas, paros y resistencia civil, suspender, por el momento, el avance de una reforma judicial impulsada por el actual gobierno de ultraderecha nacionalista extrema y religiosa, encabezado por Benjamin Netanyahu. El proyecto de reforma judicial tenía el propósito de anular de facto el poder de la Suprema Corte de Justicia para tener el camino libre, a fin de que el premier Netanyahu y la bancada que lo acompaña en el gobierno estuvieran en posibilidad de aprobar lo que les viniera en gana, sin que la Corte pudiera ponerles freno alguno. En síntesis, acabar con la democracia.
El público liberal israelí reaccionó de inmediato ante lo que veía venir. Detectó las trampas retóricas, así como la demagogia que pretendía convencer de que todo se estaba haciendo en acatamiento a la voluntad del pueblo que eligió a ese gobierno en noviembre pasado. Muy parecido a lo que vivimos en México donde también ha sido cotidiano el discurso de que, si el pueblo eligió al gobierno actual, todas sus decisiones deben ser aceptadas acríticamente, sin importar lo aberrantes, absurdas e incluso violatorias de las normas constitucionales que sean.
A lo largo de los tres meses de protestas que congregaron a centenares de miles de israelíes al menos dos veces por semana en plazas y calles, el grito de “democracia”, acompañado de banderas, cánticos y pregones, fue la norma. Abundaron también paralelamente, quienes desde su quehacer profesional advirtieron que la reforma derivaría en violaciones a derechos humanos, derechos de las minorías y libertades ciudadanas, conjuntamente con graves daños económicos debido a la fuga de capitales y al desaliento que el deterioro del Estado de derecho significaría para los inversionistas del exterior. Las exitosas empresas israelíes de alta tecnología, de las cuales proviene el 25% de los ingresos fiscales del Estado, advirtieron que buscarían trasladarse hacia otras latitudes para garantizar la estabilidad de sus corporaciones.
Pero lo que quizá acabó siendo la palanca final para vencer la tozudez del gobierno de seguir adelante con su reforma, fue la decisión de miles de reservistas del ejército, pilotos de élite y expertos en inteligencia militar que anunciaron su decisión de no presentarse a sus puestos en las fechas de sus entrenamientos y prácticas. En un país que enfrenta permanentemente a enemigos externos como Irán y el Hezbolá libanés y, además, con el mes sagrado islámico del Ramadán actualmente en curso, cuando el riesgo de violencia interna se incrementa, el vacío dejado por quienes se estaban rehusando a presentarse se apreció como sumamente peligroso.
El domingo pasado, el ministro de defensa, Yoav Galant, no tuvo más remedio que anunciar que había que detener la reforma, en vista de los graves riesgos a la seguridad nacional. Y en este punto fue cuando Netanyahu cometió uno de los peores errores políticos de su vida, que reveló el grado de su ambición dictatorial: anunció de inmediato el despido de Galant. Eso fue la gota que derramó el vaso de la indignación popular. De manera espontánea, esa misma noche y sin previa organización, multitudes se lanzaron a las calles de todo el país.
La conmoción fue tal que a Netanyahu y muchos de los ministros y legisladores de su coalición no les quedó más remedio que anunciar la suspensión del proceso de reforma por un mes, viéndose obligados a aceptar un diálogo con la oposición bajo la conducción del presidente Itzjak Herzog. Cabe destacar que este triunfo no fue conseguido por los partidos de oposición, sino por una ciudadanía activa, consciente de lo que estaba en juego y dispuesta a organizarse y movilizarse masivamente con una frecuencia asombrosa, a fin de proteger su democracia.
No cabe duda que el avance de los proyectos populistas autoritarios, tanto de derecha como de izquierda, es una de las realidades más alarmantes de nuestro tiempo. En diversas naciones del mundo donde han prevalecido condiciones de democracia más o menos funcionales, aparecen hoy gobiernos que han accedido al poder gracias justamente a instituciones y procesos democráticos, y que, sin embargo, ya en el poder, se lanzan a destruir esas estructuras.
Tal como lo experimentamos hoy en México, es cada vez más descarado el intento de mantener y perpetuar un poder concentrado en las manos de un líder máximo y sus allegados, sin contrapesos ni mecanismos que le estorben para la consolidación de una dictadura, ya sea descarada o mañosamente disimulada, pero dictadura al fin. Los abusivos ataques contra el Poder Judicial, aquí y en Israel, son hijos de la misma matriz autoritaria.
