Netanyahu: imposibilidad de cuadrar el círculo
Normalizar las relaciones entre Israel y la monarquía saudita es apetitoso no sólo para los protagonistas en ese proceso, sino también para la administración del presidente Biden.
En su discurso en el foro de la Asamblea General de la ONU la semana pasada en Nueva York, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu no hizo referencia alguna a la grave crisis política y social que se vive en su país como resultado de la iniciativa de reforma judicial lanzada por su gobierno, la cual, por atentar contra los principios básicos de la democracia, es rechazada tenazmente por grandes segmentos de la sociedad israelí. En cambio, fue tema central el elogio a las bondades que han redituado los Acuerdos de Abraham, por los cuales varios países árabes han normalizado relaciones con Israel. Extender esa normalización a su relación con Arabia Saudita apareció, así, como su objetivo prioritario actual, y ésa fue la línea dominante en su alocución.
En realidad, normalizar las relaciones entre Israel y la monarquía saudita es apetitoso no sólo para ambos actores protagonistas en ese proceso, sino también para la administración del presidente Biden, que funge como un mediador fuertemente interesado en que el proyecto prospere. Conseguirlo significaría para Biden un valioso triunfo en política exterior que abonaría a su favor para efectos de la próxima elección, además de que recolocaría y reforzaría la posición de Estados Unidos en el Oriente Medio, de cara a los avances que Rusia y China han mostrado ahí en estos últimos tiempos.
Para Israel, conseguir establecer relaciones con Arabia Saudita significaría un parteaguas dentro de su historia de conflicto con el mundo árabe y musulmán, el cual por tanto tiempo se resistió a reconocer la legitimidad de su existencia. Al ser Arabia el corazón y origen del islam, cuna del profeta y sede de los lugares más sagrados para esa fe, el mensaje y ejemplo que daría a las 56 naciones musulmanas del mundo con dicha aceptación, tendría el potencial de abrirle las puertas a Israel para que ese abanico de países pudiera hacer lo mismo.
Ni qué decir también de las oportunidades de emprendimientos económicos que ofrece ese posible nexo entre Arabia Saudita e Israel, siendo el primero un emporio petrolero de dimensiones extraordinarias y con ambiciones de modernización, y el segundo uno de los centros de creatividad en ciencia y alta tecnología más fructíferos del mundo. Netanyahu, por su parte, parece estar ávido de ser él el primer ministro de Israel cuyo legado histórico se centre en ese importante logro para su país, no obstante los gravísimos yerros y las pulsiones autoritarias que ha ido mostrando a lo largo de su vida política de más de treinta años de duración.
Ahora bien, el controvertido príncipe Mohamed bin Salman (MBS), que gobierna actualmente en Arabia y que en el pasado fue criticado acerbamente por el presidente Biden debido a sus múltiples y escandalosas violaciones de los derechos humanos (recuérdese el célebre caso del asesinato de Jamal Khashogghi), parece ser quien ahora tiene la sartén por el mango en este proceso. Sabedor del interés de EU e Israel por conseguir esa fotografía en la que MBS y Netanyahu se estrechen la mano, con Biden en medio de ellos, ha puesto un precio. De Washington demanda abasto de armamento de última generación y visto bueno y apoyo para el desarrollo en su suelo de industria nuclear con fines pacíficos.
Por la otra parte, lo que el príncipe saudita exige de Israel está básicamente conectado con la cuestión palestina. MBS sabe bien que si procede a amigarse oficialmente con Israel ignorando y dejando de lado las aspiraciones palestinas de liberarse de la ocupación israelí, el resentimiento y las acusaciones de traición serían una mancha oprobiosa y un causal para disturbios y movimientos populares desestabilizadores. Por ello, el mensaje ha sido que es imprescindible que Israel muestre avances negociadores y mejorías sustantivas en su trato con la población y la Autoridad Palestina.
Y he ahí el grave problema para Netanyahu. Como líder de una coalición de ultraderecha y ultranacionalista tiene las manos atadas para cumplir mínimamente con esa demanda saudita. Sus colegas de gabinete y buena parte de los legisladores que integran su coalición, aspiran abiertamente a la anexión de los territorios palestinos y promueven políticas agresivas y abusivas contra la población que ahí habita. Ésa es su agenda primordial y no estarían dispuestos a transigir en aras de conseguir un acuerdo con el poderoso país árabe. Netanyahu está, así, entre la espada y la pared. Quienes lo sostienen en el gobierno, aquellos a los que les ha dado manga ancha para hacer y deshacer, son quienes hoy le obstruyen a capa y espada lo que para él podría ser el logro máximo de su vida como político.
