Líbano en la miseria, Hezbolá en jauja
Es claro que Líbano y su población son, desde hace tiempo, rehenes en manos de los radicales islamistas del Hezbolá.
Calificado ya como Estado fallido, Líbano continúa hundiéndose en el caos económico, político y social, mientras que uno de sus componentes, la milicia chiita Hezbolá, que también posee representación en el parlamento del país, hace alarde de su potencia militar y su capacidad de librar una guerra de no tan baja intensidad contra Israel, so pretexto de apoyar a Hamás en su confrontación contra el Estado hebreo.
El contraste, entre la imagen de Líbano como país y la que proyecta Hezbolá como fuerza capaz de tener en vilo al norte israelí, es impactante. Según el último reporte del Banco Mundial publicado hace dos semanas, la tasa de pobreza en el País de los Cedros se ha triplicado en los últimos diez años, pasando de 12% a 44%, con una inflación galopante, devaluación constante de su moneda y quiebra total de su sistema bancario y financiero.
A pesar de campañas de cooperación internacional encabezadas por Francia, Líbano se mantiene en un callejón sin salida. La extendida corrupción y la parálisis política por la imposibilidad recurrente de formar gobiernos, han sido factores centrales en esa crisis, además de la gravedad que en el plano nacional constituyó la magna explosión en el puerto de Beirut en agosto de 2020, que constituyó la puntilla para hundir aún más al país. Sin claridad aún sobre los pormenores acerca de los responsables de esa explosión, circulan, sin embargo, versiones de que la tragedia se debió a negligencia criminal de funcionarios públicos que siguen impunes.
Este lamentable cuadro que ofrece Líbano se diferencia desde luego del imponente poderío bélico propio de Hezbolá. Porque aunque éste forma parte de Líbano, actúa por su cuenta en calidad de milicia particular con intereses propios, que no son en modo alguno los del país en su conjunto. Una analogía útil para captar cómo se inserta el Hezbolá en el país, podría ser la que ofrecen ciertos cárteles del crimen organizado, que en determinadas circunstancias fungen como los mandos supremos para determinar el destino de las naciones donde operan, con mucho más poder que los gobiernos oficiales mismos.
¿Cómo se explica una organización con tan gigantesco arsenal armamentístico dentro de un país que cada día se hunde más en la miseria y la desesperación? ¿Cómo es que su potencial militar supera con creces el del ejército nacional libanés, incapaz éste de competir con la capacidad de fuego que posee Hezbolá? Una sola palabra contiene la respuesta: Irán. El régimen islamista de los ayatolas ha sido su gran patrocinador y abastecedor de toneladas de armas, usándolo como proxy que le hace el trabajo sucio al ser vecino de Israel. Otra fuente adicional de ingresos ha sido el narcotráfico, mediante nexos comprobados con el crimen organizado internacional, habiendo información de que parte de sus negocios han estado conectados, por ejemplo, con los Zetas mexicanos.
Al ser Hezbolá una organización islámica chiita comparte la ideología religiosa radical de los ayatolas iraníes y el odio hacia Israel, país con el que en realidad Líbano no tiene ningún reclamo territorial. Sin embargo, desde la última década del siglo pasado, su mira central ha estado puesta en combatir intereses israelíes y/o judíos donde se pudiera. El bombazo contra la embajada de Israel en Buenos Aires en 1992 y el atentado suicida contra el edificio de la Mutual Israelita Argentina (AMIA) de 1994, en los que murieron 24 y 85 civiles, respectivamente, fue obra de terroristas de Hezbolá enviados por Irán.
Desde 2006 la ONU emitió la resolución 1701, que establecía que las huestes del Hezbolá debían situarse al norte del río Litani, a 40 kilómetros de la frontera con Israel. El hecho es que tal mandato no ha sido acatado y desde el 8 de octubre, al día siguiente de los ataques del Hamás a Israel, dio inicio un continuo lanzamiento de cohetes hacia el norte del Estado hebreo, con la consecuente necesidad de evacuación de más de 80 mil habitantes de esa zona, temerosos de enfrentar la violencia asesina que vivieron sus compatriotas en el sur del país a manos de Hamás. Hasta el momento, se mantiene incambiada la situación de tales desplazados internos.
Israel ha respondido al fuego proveniente del norte, estableciéndose de hecho una guerra de desgaste entre ambos que dura ya más de medio año. En este contexto, es claro que Líbano y su población son, desde hace tiempo, rehenes en manos de los radicales islamistas del Hezbolá, movidos desde Teherán, víctimas al fin de la locura del fanatismo religioso que aún en el siglo XXI sigue regando el veneno de su intolerancia.
